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Red Internacional

Educación. Salud mental: Uno de los principales factores en la deserción de estudiantes universitarios

Miércoles 10 de agosto | 08:22

Este lunes se publicó un sondeo realizado por La Tercera, en donde se determinó que durante el presente año 7000 estudiantes de 15 instituciones de educación superior han suspendido o se han retirado definitivamente de sus estudios, y la salud mental se alzó como uno de los principales factores, superando en algunos casos, a los motivos económicos.

Un ejemplo de esto es la Usach, en donde se han cursado 1282 solicitudes de suspensión y renuncia, de las cuales un 21,5% aludieron como motivo la salud mental, siendo el principal factor. La misma situación se replica en la Universidad de O´Higgins (UOH) en donde la cifra asciende al 24,8%. En tanto que, en la Academia de Humanismo Cristiano (UAHC), la salud mental es la segunda razón con más peso por la cual les estudiantes abandonan sus estudios.

En las otras instituciones consultadas, si bien no se otorgaron cifras concretas sobre los factores, la salud mental se mencionó como uno de los principales junto a las circunstancias socioeconómicas.

Estos datos dan cuenta de una problemática que se agudizó durante la pandemia y que se ha cobrado varias vidas de estudiantes, tal como lo denuncio la protesta de Marcos Zúñiga, estudiante de Licenciatura en música de la UMCE, que se encadenó en la reja de la universidad a principios de este año, para exigir mejores protocolos de salud mental luego del suicidio de un compañero.

Una situación que se repite año a año en muchas universidades.

¿Cómo abordar esta crisis?

Para ello debemos poner en claro sus causas objetivas. No se trata sólo de la inexistencia o deficiencia de los protocolos o la falta atención psicológica, que desde ya constituyen una demanda por la que tenemos que luchar, sino de un sistema educativo que se ha quedado obsoleto ante las transformaciones neoliberales que ha sufrido la educación y la sociedad chilena en las últimas décadas.

La Universidad es una institución diseñada para los hijos de las élites, personas que mayoritariamente provenían de familias adineradas, que contaban con una buena base de educación media y que no tenían que trabajar ni realizar labores de cuidados mientras desarrollaban sus estudios.

El proceso educativo mismo se consolidó en función de las necesidades de estos grupos y no para él alrededor de millón y medio de estudiantes que hoy día cursan la educación superior.

La expansión de la matrícula que experimentaron las universidades desde la década de los 90s en adelante significó la entrada de miles de estudiantes que se endeudaron hasta el alma por tener un título profesional, en parte por vocación, pero también por poder acceder a empleos mejor remunerados en el futuro.

Si bien no podemos decir que la clase obrera entró de golpe a las aulas universitarias, la realidad es que muches estudiantes actuales provienen de sectores populares, con carencias económicas, educativas y afectivas que condicionan su respuesta ante las exigencias de un sistema universitario que no se hace cargo de estas desigualdades de origen.

Si un joven sacrificó su juventud en el altar de las pruebas de selección y después ve cómo sus sueños se desvanecen porque no puede pagar la universidad, porque no puede rendir académicamente, porque además debe trabajar para ayudar a su familia o la educación previa que recibió encierra una brecha enorme con la exigencia universitaria, no es extraño que desarrolle un cuadro de estrés, entre en depresión o incluso se suicide.

La lógica del sistema es que si un estudiante fracasa, la responsabilidad recae completamente en él, simplemente “no servía para la universidad”.

Entonces, una cosa son protocolos eficientes y mayor cobertura de atención psicológica pero también medidas que apunten a emparejar la cancha dentro del aula.

Si queremos resolver la crisis de salud mental debemos atender las causas objetivas del problema y no sólo dar medidas paliativas, es necesario que las universidades cuenten con programas que doten a les estudiantes de herramientas mínimas para hacer frente a los contenidos: programas de nivelación en el primer año de ingreso, mayor infraestructura para acabar con el hacinamiento, incremento de la dotación docente y de ayudantes para que estos efectivamente puedan ayudar de forma más personalizada; y esto no ocurrirá sin mejores remuneraciones, becas de mantención y arriendo para les estudiantes de región, facilidades para quienes son padres y madres, etc.

En el caso de les docentes y trabajadores, que también ven afectada su salud mental por las condiciones de trabajo precarias que impone la educación de mercado, su situación mejoraría con el paso a planta y el incremento del sueldo de los funcionarios.

Esto no es posible sin financiamiento directo, con aportes basales desde el Estado, lo cual podría financiarse con la renacionalización de los recursos naturales e impuestos a las grandes fortunas.

Ahora, si queremos universidades que atiendan realmente las necesidades educativas de les estudiantes que las integran y no coladores que desechan a quienes menos oportunidades tuvieron, necesitamos instituciones democráticas en donde todes podamos participar de su dirección a traves del cogobierno triestamental y la elección universal de autoridades, esto para discutir los contenidos, las modalidades de evaluación, la distribución de los presupuestos, algo a lo que históricamente se ha negado la misma casta de académicos privilegiados, rectores, vicerrectores y decanos que dicen preocuparse por la salud mental de les estudiantes.

En síntesis, la crisis de salud mental en las universidades es un síntoma dramático de la verdadera enfermedad que es la educación de mercado y el sistema neoliberal. Su erradicación no termina en las casas de estudio, sino que pasa por la reconfiguración completa del sistema educativo, en donde la lucha por una educación pública, gratuita y de calidad es un componente elemental.

- Un estudiante de la educación pública




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