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SEMANARIO

"Queremos un partido de esclavas y esclavos insurrectos contra la pandemia del capitalismo patriarcal y racista".

"Queremos un partido de esclavas y esclavos insurrectos contra la pandemia del capitalismo patriarcal y racista".

Recientemente, el Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR), publicó una carta pública: Abramos el debate: construyamos una nueva izquierda en Chile, revolucionaria y de la clase trabajadora. En esa carta, se señala que en este momento histórico, “hay mucho en juego”. Según el PTR, esa es una razón suficiente para que “abramos la discusión para construir una nueva izquierda revolucionaria de las y los trabajadores”. Para profundizar en este debate, desde el comité editorial de Ideas Socialistas tomamos las dudas de [email protected] lectores y conversamos con dos miembros de nuestro equipo, Alejandra Decap (directora), y con Juan Valenzuela (editor, profesor de filosofía), ambos militantes del Partido de Trabajadores Revolucionarios.

IS: ¿Qué es precisamente lo que ven que “está en juego” en la situación política?

JV: Lo que está en juego es mucho. Hay nuevos desafíos para la clase trabajadora por delante, nuevos peligros. Porque los grandes empresarios y el gobierno de Piñera, están empeñados en descargar los costos de la crisis sobre la vida de millones de trabajadoras y trabajadores: aumentan el desempleo y el hambre. En Chile, el desempleo ha crecido de manera importante: tenemos a más de un millón y medio de personas desempleadas o suspendidas, estas últimas viviendo del seguro de cesantía. Esto es un un fenómeno internacional: en Estados Unidos también se ha disparado el desempleo. En Chile, esto impacta no sólo en pequeñas y medianas empresas: también impacta a grandes empresas como Latam. Roberto Alvo, CEO de Latam, algunas horas después de anunciar 1.000 nuevos despidos en Chile, Perú y Colombia, planteó que “tenemos 38 mil empleados para una compañía que está necesitando 5 mil”. Es decir, no quieren detenerse con los despidos, aunque en Latam se han intentado articular los trabajadores despedidos en una asamblea. Por otro lado, el Banco Central solicitó al Fondo Monetario Internacional (FMI) una Línea de Crédito Flexible de dos años y por un monto de US$23.930 millones.

En realidad, lo que ocurre, es que los capitalistas miran más allá de la pandemia y preparan el terreno para avanzar todavía más sobre las condiciones de vida de las masas trabajadoras en un futuro inmediato. Empiezan a discutir de dónde sacar recursos frescos para capear lo más posible la posibilidad de pagar los costos de la crisis: si pidiéndole al FMI, si gastando los fondos estatales u otros caminos. Desean mantener sus ganancias, pese a los pronósticos recesivos. Respondiendo a tu pregunta: lo que está en juego es que la clase trabajadora pueda resistir -o no- a esos embates. Creemos que se abre un nuevo periodo de la lucha de clases, en un contexto donde el régimen político chileno, es decir, la forma de gobierno, sus instituciones y la relación en entre las clases, se encuentran en crisis.

AD: Coincido. Pienso, además, que es totalmente central -para responder qué es lo que está en juego- visualizar la situación en Estados Unidos. A mi modo de ver, es sumamente significativo que en la principal potencia imperialista del mundo estemos viendo revueltas en más de 70 ciudades, como una respuesta al asesinato racista de George Floyd. Hasta hace no mucho tiempo, Estados Unidos, desde el punto de vista de la lucha de clases, estaba más retrasado, en comparación a otros países imperialistas como Francia, donde se había generado el movimiento de los “chalecos amarillos” y donde los trabajadores venían resistiendo a los ataques de Macron. Estados Unidos parecía mucho más alejado de procesos así, si bien había surgido un fenómeno político interesante, con todo el movimiento que se generó en torno a la figura de Sanders. Ahora, con un importante protagonismo de la juventud negra, pero también con amplios contingentes de la juventud latina y blanca, estamos frente a movilizaciones de carácter histórico. Lo que pasa en este país, en buena medida, es un síntoma de la crisis en curso y debe alertarnos respecto a la dirección que tomará la situación internacional. No olvidemos que es precisamente en Estados Unidos donde el desempleo dio un salto radical, superando en pocas semanas el desempleo que se detonó con la crisis de 2008. Además, por datos recientes, vemos que la alta tasa de desempleo afecta mayoritariamente a las mujeres, pobres y racializadas. Lo que acontece en Estados Unidos es muy clave, por ser la principal potencia imperialista del mundo. Creo que hay que ver que, el escenario al que nos acercamos, no es sólo de ataques del capital, sino también de importantes fenómenos de la lucha de clases. Esto, de por sí, hace mucho más urgente la tarea de construir un partido revolucionario internacionalista.

¿Y cómo ven la lucha de clases en Chile?

AD: Primero es importante aclarar a qué nos referimos con “lucha de clases”: lucha de clases hay todo el tiempo, puesto que es una realidad que existen clases sociales y están en tensión constante. Sin embargo, no siempre es con la misma intensidad. Hubo tiempos más pacíficos, pero comienzan a agotarse. Pienso que la lucha de clases es hoy un elemento central de la actual situación política local, aunque en este momento las calles no están activas. Pero no pienso que el único medidor sea cómo están las calles ahora, pues para mucha gente en este momento, no salir a la calle, tiene que ver más bien con evitar la enfermedad y no con una adhesión a la política de “unidad nacional” del gobierno. No hay que creer que el gobierno tiene el control absoluto de la situación, aunque por ahora mantenga el toque de queda y logre pasar una agenda represiva. Hay que mirar más al fondo: existe una contradicción muy importante que no podemos perder de vista. Si la crisis del COVID-19 implica una contracción de la economía, los márgenes para otorgar concesiones, para “brindar beneficios” a las y los trabajadores o democratizar el régimen, se reducen; pero al mismo tiempo, venimos de un 18 de octubre: las expectativas crecieron a la luz del cuestionamiento a los “30 años” posteriores a la dictadura. Pensemos en esto: van a querer utilizar el plebiscito y la convención constitucional para tranquilizar al movimiento de masas, cuando en muchas empresas están despidiendo o suspendiendo gente a granel y en las poblaciones empieza a llegar el hambre. Si van a poder es otro asunto. Van a querer desviar nuevamente nuestra lucha, pero esos mecanismos tarde o temprano van a chocar con las condiciones concretas. Creo que esta conjugación de factores hace que lo más probable sea un retorno intensificado de la lucha de clases y una modificación completa del panorama político. Por esta razón, entre otras, nos parece que la consigna de “asamblea constituyente libre y soberana” está vigente porque permite confrontar el posibilismo que nos quieren imponer con la convención constituyente de la cocina.

En la carta, el PTR hace un llamado a construir una nueva izquierda revolucionaria ¿Qué significa eso para ustedes?

JV: Claro, más precisamente decimos una nueva izquierda revolucionaria de la clase trabajadora. Con el término intentamos realizar una formulación política para resumir una explicación del tipo de partido que queremos contribuir a construir y que queremos transformar en una discusión política en todos los sectores autoorganizados de la clase trabajadora y los sectores populares y con las organizaciones de izquierda referenciados en la revolución y el socialismo. Nosotros peleamos, no sólo para que las y los trabajadores con sus experiencias de lucha tengan una expresión política más acorde a las necesidades que impone la situación, sino que además, peleamos para contribuir al desarrollo de la autoorganización y un programa anticapitalista y socialista de la clase trabajadora.

AD: En la historia más reciente de nuestro país, emergió como una fuerza nueva el Frente Amplio, pero envejeció rápidamente, por decirlo de alguna manera: apenas pudieron, se alinearon junto a los viejos progresistas y partidos empresariales de centroizquierda, pese a que algunos se proclamaron partidos de horizonte “socialista, feminista y libertario”, como Convergencia Social. Por cuestiones como esa, muchos y muchas creen que los partidos no sirven, porque no funcionan para los intereses de las grandes mayorías sino para sus cúpulas partidarias, para conseguir más votos, porque ven a la gente como mecanismo de presión en lugar de vernos como sujetos y sujetas políticas.

Las grandes organizaciones sindicales como la Central Unitaria de Trabajadores por su parte, han dejado pasar los despidos, suspensiones, recortes salariales y la desidia empresarial, en una especie de “tregua” permanente con el gobierno doblemente asesino de Sebastián Piñera: que mata en revuelta y en pandemia. Curiosamente, en su programa actual, la CUT dice que es necesario prohibir totalmente los despidos en el mediano plazo “Implementar un impuesto permanente a los súper ricos, por un 2,5% del total de su patrimonio a 5.840 personas, incluido Sebastián Piñera y su familia, para recaudar US $6.400 millones de dólares para una renta básica de emergencia y la recuperación posterior de la economía, e implementar una renta básica de emergencia que sea en promedio de $400.000. Pero su acción se limita a exigir con palabras que las organizaciones sociales sean consideradas por el gobierno para los diálogos y no desarrolla ningún plan de lucha para alcanzar esas demandas.

La lección que extraemos al analizar el comportamiento de esa izquierda y del papel que están cumpliendo las direcciones sindicales burocráticas, es que no podemos encontrar soluciones duraderas para las grandes mayorías de la mano de los empresarios y sus partidos. Por el contrario, la única manera de avanzar en ese sentido es afectar las ganancias y el poder de los capitalistas, por eso decimos que somos anticapitalistas. Cuando decimos que esta izquierda revolucionaria de los trabajadores debe ser “nueva” es porque queremos marcar un contraste claro con las viejas organizaciones referenciadas en la izquierda como el Partido Comunista que dirige la CUT o como el Partido Socialista que en la actualidad es un partido empresarial más. Es también porque queremos diferenciarnos de lo que ha quedado del Frente Amplio. Es porque queremos que todas las batallas recientes que ha dado la clase trabajadora y los sectores oprimidos encuentren una expresión política revolucionaria y anticapitalista.
Y esa expresión política ¿ puede llamarse “nueva izquierda” si adhiere a una tradición?

JV: Exacto. Cuando decimos “nueva izquierda”, no es porque creamos que el partido revolucionario que es necesario construir, no debe referenciarse en ninguna tradición anterior. Por el contrario, a nuestro modo de ver, las actitudes fundacionalistas y los slogans que hacen énfasis en “lo novedoso” de un proyecto, muchas veces caen en viejas recetas, aunque no lo reconozcan abiertamente. Así ocurrió con el Frente Amplio. Nosotras y nosotros, por el contrario, entendemos que la clase trabajadora necesita sus tradiciones, que producto de la explotación y las derrotas -como el golpe de Estado de 1973 en Chile-, son interrumpidas. Como clase trabajadora necesitamos aprender de las luchas históricas y las revoluciones. Mientras los empresarios estudian su historia y forman a sus intelectuales y dirigentes, la clase trabajadora, como clase explotada, muchas veces debe reiniciar sus aprendizajes desde cero, cuando llegan los momentos difíciles, como en cierta manera ocurre ahora con la pandemia. Por esa razón, creer que una “nueva izquierda” sería una izquierda sin tradición, termina siendo una ideología cómplice de esa “discontinuidad de experiencia” a la cual la clase dominante condena a la clase trabajadora y a los sectores oprimidos. Muy por el contrario, a nosotros nos parece que para emprender el desafío de poner en pie la construcción de una nueva izquierda revolucionaria y de la clase trabajadora, requerimos de recuperar todas las tradiciones revolucionarias del movimiento obrero y las y los oprimidos. La verdadera novedad es recuperar las tradiciones revolucionarias de la clase trabajadora, no desecharlas.

AD: El curso que recientemente lanzamos, “Chile en los 70’s, lecciones para el presente”, está pensado en la perspectiva de extraer aprendizajes de la pelea que ha dado la izquierda y la clase trabajadora en las luchas de clases y luchas políticas en este territorio llamado Chile. El llamado a construir una nueva izquierda, se plantea así, porque es reconocer qué es lo que tomamos de las experiencias anteriores, y cuáles enseñanzas extraemos de los procesos históricos. Decimos que queremos “retomar lo mejor de la tradición emancipadora y libertaria de la clase trabajadora” de los años 70, la tradición de los Cordones Industriales y de la unidad obrera y popular. Eso no es antojadizo. Nosotros pensamos que un proyecto revolucionario actual necesariamente debe debatir las principales lecciones estratégicas que arroja el proceso revolucionario de 1970 a 1973 en Chile. Nos sentimos compañeras a través de la historia de esas trabajadoras y trabajadores que se tomaron las fábricas en octubre de 1972, para enfrentar el desabastecimiento y que se enfrentaron a las acciones contrarrevolucionarias de las fuerzas armadas y grupos de extrema derecha como Patria y Libertad. Creemos que hay que retomar la tarea de esas camadas de trabajadores y trabajadoras y militantes que ponían su vida al servicio de la militancia por la revolución. A nuestro modo de ver, abrir el debate de los 70s, es una manera de arraigar a una nueva izquierda en las tradiciones más avanzadas del movimiento obrero y de contribuir a que no tengamos que empezar siempre de cero.

¿Por qué se definen como “anticapitalistas”?

AD: Ser anticapitalista es estar en contra de este sistema, pero además nos ponemos otros apellidos: tenemos intención revolucionaria, de ruptura radical, y queremos que este anticapitalismo tenga centro en la clase trabajadora. Para explicar un poco esta idea, tenemos que meternos en qué es el famoso capitalismo patriarcal. Es un sistema político, económico y social, hoy en día extendido en todo el planeta, basado en la propiedad privada de las fábricas y empresas, los “medios de producción”. Ahí, son las y los trabajadores quienes producen mercancías o realizan trabajos que le permiten al capitalista lucrar, es decir, obtener ganancias de lo producido. Se basa en la explotación y el “comercio libre”, por lo que son los capitalistas quienes también designan cuánto vale nuestro trabajo, la distribución y los precios de los productos y servicios, en base a sus intereses y deseos.

JV: Como sistema, podemos decir que está dividido en dos grandes clases: la burguesía, los grandes empresarios que son quienes poseen la riqueza, y el proletariado o clase trabajadora, que con su trabajo produce las riquezas y hace funcionar el mundo. El capitalismo patriarcal establece relaciones profundamente desiguales entre los seres humanos, a nivel global y entre capitalista y asalariada o asalariado. Las “mejoras” que hizo el capitalismo en la vida de un sector de la sociedad, son a costa de la explotación de las grandes mayorías e incluso, de la depredación de los recursos naturales, de la naturaleza, que con sus industrias ha dejado al planeta en una tremenda crisis medioambiental, y hoy, también una crisis sanitaria.

¿Por qué plantean que este proyecto debe tener centro en la clase trabajadora?

AD: La centralidad de la clase trabajadora no es un capricho, ni una visión idealizada de la labor que cumplen cotidianamente las y los trabajadores. Se trata de un debate estratégico, sobre cómo podemos derrotar al capitalismo e instaurar un nuevo orden político, económico y social, que establezca otro tipo de relaciones entre los seres humanos, y de los seres humanos con la naturaleza, relaciones igualitarias, con centro en la vida: una sociedad de la abundancia.

Las y los trabajadores ponen en movimiento el conjunto de la sociedad: son quienes fabrican los zapatos que usamos y los microchips de nuestros teléfonos; son quienes atienden en el sistema educativo y de salud a infantes y ancianos. Somos las mujeres de la clase recluidas al trabajo doméstico, un trabajo que no es pagado y que se nos obliga a las feminidades a realizar, porque el capitalismo se apoya en los prejuicios machistas para no tener que costear, o pagar mal lo que varias teóricas han desarrollado como la “reproducción social”: las tareas de cuidado, alimentación, limpieza, educación, entre otras.

JV: Como vemos, la clase trabajadora abarca ambas esferas: producción y reproducción. En el capitalismo, el trabajo asalariado genera la siguiente situación: lo que se produce, se hace ajeno a quien produce, a quien trabaja. De esa manera, una actividad humana creativa como es el trabajo, se transforma en una actividad pesada, tediosa, agobiante. Causa enfermedades crónicas, y problemas de salud mental como depresión y estrés laboral. Sin embargo, las y los trabajadores, al tener la palanca de la economía, pueden golpear a los capitalistas donde mas les duele: en sus bolsillos, es decir, tienen el poder de paralizar la economía. De todas formas, existen sectores “clave” en la misma clase trabajadora. Si bien todas las y los trabajadores son necesarios para el funcionamiento de la sociedad, hay algunos trabajos que son una condición de posibilidad para la realización de muchos otros trabajos, lo que un autor como Womack denomina “posiciones estratégicas”. Es decir, si ese sector paraliza, necesariamente afecta a otros sectores y les obliga también a paralizar. Por ejemplo, el transporte, los puertos, la minería.

AD: Al tener ese poder en su seno, la organización revolucionaria de las y los trabajadores puede plantearse una ruptura con el capitalismo, si es capaz de convencer al conjunto de los oprimidos a unirse a esta lucha. Y con esto no quiero decir que la explotación que viven los trabajadores sea una cosa totalmente separada de las opresiones tales como el machismo o el racismo. La clase trabajadora de hoy -especialmente sus sectores más precarizados- tienen rostro de mujer, de migrante, de afrodescendiente, de mapuche. Es por eso que creemos que la clase trabajadora debe tomar las luchas del pueblo negro, mapuche, migrantes, pobladores, el movimiento de mujeres y feminidades, las disidencias sexuales y de género, porque solamente echando abajo el capitalismo podremos construir una sociedad donde efectivamente exista espacio, riqueza y derechos para todes. A esta idea de alianza amplia le decimos “hegemonía obrera” porque es en base a que la clase trabajadora ponga en movimiento su fuerza y le dé fin al capitalismo, que podremos tener conquistas duraderas de igualdad no solamente ante la ley, sino una igualdad real ante la vida: plantearse un nuevo orden social, político y económico implica cambiar las bases de su organización actual.

¿Quieren proponer un partido único de la clase trabajadora?

AD: ¿Un partido único? A veces, de manera equivocada, se asocia la idea de una izquierda revolucionaria a nociones como el “partido único” que alguna vez tuvo preponderancia en los mal llamados socialismos reales. Por otro lado, hay organizaciones de izquierda que son tributarias de tradiciones burocráticas o estalinistas que se oponen a la democracia interna en los sindicatos y censuran a quienes les criticamos desde la izquierda.

Nuestra visión es muy distinta: pensamos que la construcción de un partido revolucionario no es incompatible con la más amplia y democrática autoorganización de la clase trabajadora y las oprimidas y oprimidos. En la carta intentamos reflejar nuestra estrategia. La estrategia es el arte de vencer, el plan general de la guerra, y distribuye en el tiempo y el espacio las tácticas, las batallas que damos en función del objetivo de vencer, de derrotar a los explotadores. A nuestro modo de ver una de las tareas claves de la estrategia revolucionaria es, precisamente, impulsar la más amplia y profunda democracia en los sindicatos y organizaciones de masas. Nosotros estamos en contra de que la policía se pueda afiliar a las organizaciones sindicales como ocurre en Estados Unidos o que los jefes puedan participar de las asambleas y afiliarse. Pero creemos que esa independencia política no se resguarda creando colaterales controladas burocráticamente desde arriba, sino con métodos de asambleas y revocabilidad, activando las instancias de base, impulsando la autoorganización de los trabajadores y peleando por una política clasista en su interior. Creemos profundamente que los métodos que pretenden regimentar las discusiones y acallar posiciones disidentes, sólo mantienen a la clase trabajadora en una posición subordinada impidiendo que se desarrolle como sujeto político. La idea de un partido único, niega que la clase trabajadora es heterogénea, que hay múltiples formas de pensar en su interior.

Nosotros reivindicamos la tradición de Coordinadora del Alto Valle, en Neuquén, impulsada por los trabajadores de la fábrica Zanón bajo control obrero, donde se organizaron democráticamente en común con los desocupados; el Comité de Emergencia y Resguardo de Antofagasta, que coordina a profesores, trabajadores y pobladores. Reivindicamos la táctica del frente único obrero y la lucha de tendencias políticas de cara a la base, como medios para que la clase trabajadora se politice y se configure como sujeto. Un partido no pretende dirigir por decreto sino a través de la experiencia de los propios trabajadores.

JV: No es necesario confundir nuestras banderas y organizaciones si golpeamos juntos como un solo puño a los capitalistas. “Marchar separados pero golpear juntos”: eso es para nosotras y nosotros el “frente único obrero”, una táctica de la clase trabajadora que tiene una larga historia en el movimiento obrero, que se le impone a la burocracia para atraer a las ideas revolucionarias a la mayoría de los trabajadores y trabajadoras, que aún confían en sus viejos partidos. Por eso también es fundamental articular polos político-sindicales en torno a un programa común, con lógica de frente único obrero, que permita ir forjando una fuerza material que habilite una táctica de esas características.

La autoorganización para nosotros también es un problema estratégico: refiere a los procesos de articulación y acción política gestados sin ceñirse a la institucionalidad actual; expresa la iniciativa de las masas. Es la organización en manos de la propia clase trabajadora y sectores oprimidos, desde las bases, de forma democrática, y como propusimos en un artículo la semana pasada, los organismos de autoorganización son un órgano de combate que puede avanzar a convertirse en un órgano de poder del proletariado.

¿Por qué plantean que es necesario “un partido” para la transformación radical de la realidad?

JV: Creemos que el partido es “la pluma que desequilibra la balanza”. El partido que nosotros proponemos es una herramienta; busca ser un organizador. El partido revolucionario, busca condensar la experiencia de la lucha de clases anterior y la teoría revolucionaria, en conjunto a desarrollar práctica en la lucha de clases, con militantes que se preparen para forjar una tradición combativa en la clase trabajadora, que permita llevar a nuestra clase a la victoria.

Sin embargo, entendemos que existe un “anti partidismo”, tanto en la juventud como en los sectores mayores, porque los partidos del régimen no pelean por ellos, sino por sus propios intereses y los de los capitalistas. Pero lo cierto es que los mismos poderosos saben que la herramienta del partido es clave.

AD: Nosotras y nosotros proponemos otro modelo de partido. Nos proponemos ser una organización revolucionaria, insurrecta, que como primer valor se plantee una independencia de los partidos políticos tradicionales y añejos, una completa independencia política de la clase trabajadora. Además, nuestro proyecto de partido, creemos que debe ser lo más democrático posible, con mucho peso en los espacios colectivos de discusión, donde quienes tengan cargos de dirigentes sean votados en congresos por las y los compañeros, en base a su confianza política. Pensamos un partido que no se adapta a los estrechos márgenes que nos impone este régimen para hacer política, sino que combina los métodos legales, como participar de las elecciones, o hacer campañas políticas en torno a ejes democráticos, con métodos por fuera de esos marcos, como por ejemplo, la autoorganización obrera y popular y la lucha callejera, las huelgas combativas, por mencionar algunos.

Para la joven organización que somos, estas peleas que damos van en la dirección de conformar ese partido revolucionario que queremos ser, y que el PTR combate por construir. Este partido pensamos que surgirá de la confluencia entre quienes militamos en el marxismo revolucionario y sectores de la clase trabajadores y la juventud que se planteen la necesidad de enfrentar este sistema capitalista, tras pruebas y experiencias comunes en la lucha de clases y conclusiones programáticas comunes. Construir esa “nueva izquierda” no consiste entonces en un “engorde” paulatino de las organizaciones actuales, ni en acuerdos firmados en un papel, o solamente de sentarse en una mesa a negociar tal o cual punto, o en acuerdos generales sin compartir estrategia o batallas comunes. Nada de eso. Debemos buscar que la experiencia, hecha teoría y política, se haga carne en un sector de la clase, una “fracción” revolucionaria.
No creemos que sea posible unir a las organizaciones existentes, por fuera de los combates prácticos y políticos en el terreno de la lucha de clases ni por fuera de balances comunes de los procesos más importantes. Lo que unifica la acción, es la unidad de la clase trabajadora en sus acciones independientes, entonces nuestra propuesta, es la de un partido unificado en torno a ese propósito, a un programa de independencia de clase.

Entonces, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de partido revolucionario?

JV: La idea nuestra es de un partido revolucionario que interviene activamente en la lucha de clases, articula fuerza social y política para dar peleas, “escuelas de guerra” y campañas políticas que conecte nuestras batallas actuales con nuestro horizonte anticapitalista. Pretendemos ser un partido de combate: un partido de vanguardia con influencia de masas. A lo que nos referimos cuando hablamos de un “partido de vanguardia” es una organización política que sea la expresión de lo más avanzado de la clase trabajadora, las obreras y los obreros más críticos, que quieren enfrentar al capitalismo, que quieren terminar con la explotación, poniendo la confianza en la fuerza del proletariado para hacer caer el capitalismo mundial. Decimos “de vanguardia”, no porque seamos un grupo de genios iluminados, sino porque el partido revolucionario para nosotros es el sector más combativo, más decidido de la clase obrera, y así puede influenciar a amplios sectores de la población, que no necesariamente tienen que ser parte del partido. El partido revolucionario cumple así un rol clave en la transformación radical de la realidad: entendemos la victoria como una tarea estratégica. Se prepara, y es vital para ello tomarle el pulso a la lucha de clases, condensar sus lecciones para la acción y la agitación de las masas.

Por eso también impulsamos medios como La Izquierda Diario a nivel internacional, para mostrar las luchas vivas que damos y que da la clase trabajadora, pero también porque pensamos al diario como un organizador colectivo; acá en Chile también buscamos contribuir humildemente al debate de la izquierda revolucionaria desde nuestra publicación Ideas Socialistas.

Mirando el programa que propone el PTR, las razones por las cuales luchan, pareciera que hay cosas que son muy difíciles de conquistar, imposibles dirían algunos ¿Cómo entienden ustedes la construcción de este programa? ¿Por qué plantean consignas como el control obrero?

AD: Bueno, la clase trabajadora, de forma “natural” no tiene una conciencia revolucionaria, nadie en realidad la tiene naturalmente. El programa es una vía de abrir ese camino hacia la conciencia de las masas. Dialoga con la situación, y a la vez es una “lucha política”: el programa nuestro se construye en debate con otros programas, con otras corrientes y sentidos comunes que influyen en el movimiento de masas, y busca establecer un puente entre la conciencia actual de la clase trabajadora y una “conciencia revolucionaria”, de ruptura con el capitalismo. Una consigna como el control obrero de la producción, prepara a los trabajadores y trabajadoras en su tarea de dirigir el conjunto de la sociedad. Hoy se puede explicar dicha propuesta programática al calor del problema del hambre, el descontrol de precios de productos esenciales y las finanzas del país; es una necesidad que sean las y los trabajadores quienes den respuesta a la crisis que estamos viviendo.

JV: Esto se trata también enfrentar a la burocracia, y denunciar en todo momento porque son quienes defienden los intereses del enemigo al interior de la clase, y son representantes de la “filosofía de la impotencia”, que se niega a plantear la cuestión del papel desempeñado por factores tan concretos como son los programas, los partidos, y las personalidades que son responsables de las derrotas. Les exigimos que pongan sus cargos a disposición de la lucha. Como decíamos antes, la CUT habla de prohibir los despidos, y el impuesto a los súper ricos, con lo que estamos de acuerdo; pero no articula ninguna lucha para conquistar ese programa. Creen que hablando en una mesa con los empresarios, nos cederán amablemente esas cuestiones. Por eso, no basta con contentarse con hacer política en el movimiento obrero, y los distintos sectores que salen a luchar, sino que además involucra construir agrupaciones en los sindicatos para realizar tanto acciones, como una crítica implacable al actuar de quienes hoy tienen la responsabilidad de dirigir esos sectores al callejón sin salida de la confianza en los empresarios y su sistema.

Además la burocracia sindical, impregnada de prácticas rutinarias, divide a los trabajadores, al no hacer nada contra el hambre en las poblaciones, ni contra las divisiones que nos imponen los patrones como el subcontrato o trabajos de primera y segunda categoría. Esto es muy coherente con su reticencia a todo lo que huela a programa anticapitalista. De esa manera, renuncian a enfrentar la degradación a la cual nos llevan los capitalistas, en momentos especialmente críticos cuando son ellos o somos nosotros. Por todo esto, enfrentar a la burocracia sindical es una batalla ineludible si queremos que la clase trabajadora pueda avanzar en una perspectiva de poder hacia un gobierno de trabajadores. Es decir, las batallas contra la burocracia en el presente, no están separadas de una estrategia de gobierno de trabajadores.

Ustedes ¿cómo ven la relación entre el partido y la revolución?

AD: Tal como lo plantea Marx, pienso que la liberación de las y los trabajadores será obra de las y los trabajadores mismos, no de una minoría, de una “vanguardia” autodesignada. La clase trabajadora ha dado muestras abundantes de autoorganización. Creo que la tradición de experiencias como la Comuna de París y de elaboraciones como El Estado y la Revolución de Lenin, permiten responder de manera bastante clara que no hay nada que sustituya a la fuerza de una clase social para hacer la revolución. Ahora bien ¿significa eso que tengamos que concluir que la revolución la hace la clase trabajadora y no el partido? A mi modo de ver, una conclusión así, una contraposición entre clase y partido así, constituye un importante error teórico y estratégico. Trotsky decía que la burguesía puede tomar el poder en las revoluciones por el hecho de que es la burguesía y tiene los medios materiales para hacerlo. ¿Pero qué tiene la clase trabajadora sino el partido? Si no hay militantes de carne y hueso que se dedican a aprender de la experiencia de las revoluciones ¿acaso no es más probable que nos derroten? La clase trabajadora demuestra una y otra vez que hace revoluciones. Pero para vencer se necesita una dirección que se haya preparado durante años en combates y con experiencias políticas.

JV: En ese sentido nada puede sustituir el actuar del partido revolucionario. El partido no es el que hace la revolución, sino que gana el derecho a liderarla en base a la confianza política, al estar inserto en el seno de la clase trabajadora, construyendo una organización de clase con un programa político independiente de toda variante burguesa o patronal. Para ganarse ese derecho, hay dos cuestiones claves. Una, constituye el hecho de librar batallas como huelgas o luchas parciales que denominamos “escuelas de guerra”, porque es ahí donde las y los obreros realizan aprendizajes para enfrentarse decididamente a sus explotadores y opresores y las fuerzas represivas, y ; otra, es la necesidad de que el partido se constituya como una organización de “tribunos del pueblo”. Esto significa que las y los militantes no se conforman exclusivamente con hacer política sindical, o estudiantil, etc;, sino que buscan hacer política sobre el conjunto de problemáticas que aquejan a los sectores oprimidos y explotados del mundo, buscando unificar lo que el régimen separa.

El partido no puede sustituir artificialmente la acción de las masas en su camino hacia la victoria. No pretendemos conquistar el poder para nosotras y nosotros, sino para toda la clase trabajadora, puesto que la base de la construcción de un nuevo Estado, de los trabajadores y el pueblo en el camino a una sociedad libre es la autoorganización de masas. Esa es nuestra idea de gobierno de trabajadores y trabajadoras, de ruptura con el capitalismo, cuyas bases están en esa autoorganización, en esos organismos, que mañana podrán ser quienes dirijan la sociedad, a eso aspiramos.

AD:En ese sentido, hay que reparar en que si el capitalismo es internacional, la necesidad de un partido también, para llegar a una sociedad sin Estado y sin clases sociales: el comunismo. Para nosotras y nosotros el comunismo es un objetivo político, no una utopía. Es por ello que nos proponemos impulsar junto a las organizaciones de la Fracción Trotskista Cuarta Internacional este debate a nivel global, buscando unificar un gran partido proletario de la revolución. Queremos construir un partido de esclavas y esclavos insurrectos contra la pandemia del capitalismo patriarcal y racista, para conquistar una sociedad sin explotación ni opresión.

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