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Red Internacional

La entrada de los Talibanes en la ciudad de Kabul en Afganistan, no ha dejado indiferente a nadie, es un hito del cual aún no puede dimensionarse su impacto histórico, pero lo que sí expresa es la debacle de la hegemonía estadounidense luego de la llamada “guerra contra el terrorismo” que tuvo una duración de 20 años.

Domingo 22 de agosto | 02:35

La guerra más larga en la historia de Estados Unidos fue la contra Afganistán. El mundo completo fue testigo de la invasión y la guerra tanto por parte de Estados Unidos, como por fuerzas de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) en el territorio de Afganistán, llegando a su fin con la invasión talibán en la ciudad de Kabul y la huída del gobierno de Ashraf Ghani y la nula resistencia por parte del ejército de dicho país, de la mano con la retirada de las tropas de Estados Unidos del territorio, marcan el fin de un período.

El trágico colapso del Estado afgano se convirtió en realidad el domingo 15 de agosto, con los talibanes en el palacio de Gobierno de Kabul después de una ofensiva demoledora que puso de rodillas al gobierno a una velocidad inimaginable. Ya controlan todo el territorio, y las crudas imágenes del aeropuerto internacional, repleto por los combatientes islámicos, con el Ejército de Estados Unidos disparando a los afganos desesperados por huir del país, nos retroceden dos décadas atrás.
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El trágico colapso del Estado afgano se vuelve inminente a medida que los talibanes avanzan sobre gran parte del país a una velocidad inimaginable. Ya controlan más territorio que en cualquier otro momento desde que fuera derrocado el Emirato Islámico de Afganistán (instaurado por los talibán) en 2001 por la Operación Libertad Duradera dirigida por Estados Unidos junto a la OTAN y sus aliados locales de la Alianza del Norte.

El dominio talibán y otros grupos insurgentes islámicos desde que comenzaron su ofensiva hace 2 meses, alcanza a más de 200 distritos de los 410, logrando conquistar 21 capitales provinciales de 34 en todo Afganistán. Durante el 2021 murieron y fueron heridas al menos 5500 personas (con una mayoría de mujeres y niños) y 500 mil personas fueron desplazadas de sus hogares según la Misión de Naciones Unidas para Afganistán.

La clave de tal avance fue la retirada casi unilateral de EE. UU. del teatro de operaciones que deja atrás un Gobierno débil y títere del propio EE.UU, carente de legitimidad y dividido entre el Presidente Ghani, el Vicepresidente con funciones ejecutivas Abdulah Abdulah y los todavía influyentes Señores de la Guerra, la mayoría acusados por crímenes de lesa humanidad, como el ex vicepresidente Abdul Rashid Dostum; alrededor de 250,000 muertos entre civiles, soldados y combatientes talibanes; un país devastado cuyo Gobierno depende en un 75% del apoyo internacional según el propio Banco Mundial.

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El fracaso de su política de intervención militar, cambios de régimen e imposición de propaganda norteamericana se muestra en el regreso del Talibán.
El último proyecto hegemónico del imperialismo norteamericano

Sin dudas que lo sucedido en Afganistán, viene de la mano con una crisis política al interior de EE.UU. Biden venía teniendo una suerte de luna de miel en sus primeros meses de Gobierno en Estados Unidos, tenía un gran capital político detrás luego de haber logrado pasivizar al movimiento Lives Black Matter, también la vacunación masiva le traía buenos réditos políticos, pero lo de Afganistán viene a romper esto y traer fricciones y crisis, tanto al interior de la propia Casa Blanca, como también en el Congreso norteamericano. Recordemos que en EE.UU predomina un modelo más bien bipartidista, donde son dos los grandes partidos tradicionales como lo son el demócrata y republicano, que durante cuatro períodos desde que comenzó la guerra con Afganistan no han hecho más que mantener el conflicto.

La retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán responde a la negociación que encabezó Donald Trump, con sectores del Talibán. Biden fue quién tuvo que llevarlo adelante, pero la entrada del Talibán no vino de la nada, hace unos días tanto en New York Times como el Washington Post, publicaron que era de conocimiento norteamericano la entrada del Talibán en Kabul y que incluso el ejército afgano no estaba en condiciones de afrontar una resistencia a aquello, era de conocimiento de la casa blanca lo que estaba sucediendo.

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Esta crisis al interior de la casa blanca, que es de carácter político, también se replica en el sentir de la ciudadanía estadounidense, quienes hace muchos años ya no están de acuerdo con esta “guerra contra el terrorismo”.

Lo que callan todos, republicanos y demócratas es que, después de 20 años de ocupación imperialista con apoyo bipartidista, dejaron atrás un país devastado que ahora queda bajo el control del terror del Talibán. Es Estados Unidos el principal responsable de los crímenes de guerra cometidos en estos 20 años. Hacia adelante, Biden reconoció en unas breves líneas las razones estratégicas de la reiterada: quedarse en Afganistán implicaba desviar recursos de su interés más estratégico que es la creciente confrontación con China, según lo que consignó en una conferencia de prensa el pasado Lunes, luego de la entrada del Talibán en Kabul.

El rol de Irán y el factor China

Irán es un país muy importante regionalmente, tanto políticamente como económicamente. Afganistán dentro del lenguaje y definición de la geopolítica es reconocido como un Estado pivote, debido a que podría permitir controlar el flujo de los recursos naturales de la región que es rica en petróleo, gas y minerales. Por eso ha sido anhelada por varios imperios a lo largo de la historia, a los cuales los pueblos que habitaban la región de Afganistán repelieron en varias oportunidades.

Como hemos visto a lo largo de la historia, una de las situaciones a las que más se ha visto expuesto el país de Afganistán es a los intereses de las superpotencias, razón que hoy en día no cambia mucho, ya que en su momento ya lo denunciaba Julián Assange en un video grabado el 2011 donde dice que “El objetivo es utilizar Afganistán para lavar dinero de las bases impositivas de los E.E.U.U y de países europeos y traerlos de vuelta a las manos de las elites de seguridad transnacional, por lo que el objetivo es tener una guerra sin fin y no una guerra exitosa”.

En este caso que en medio de la crisis hegemónica de Estados Unidos, el gigante asiático como lo es China, busca poder consolidar su poderío a través de la “Ruta de la Seda” un plan estratégico de ramificaciones geopolíticas y económicas que puede posicionarlo como principal potencia mundial y a su vez controlar los importantes recursos naturales de Afganistán que son el petróleo, gas, cromo, cobre, oro, hierro, zinc, plomo, mármol o piedras preciosas, entre otros, cuyo valor supera los 800.000 millones de euros.

China quiere estabilidad en Afganistán para proteger los proyectos existentes de la Nueva Ruta de la Seda en Pakistán y los estados de Asia Central, mientras que potencialmente abre Afganistán para futuras inversiones. La Nueva Ruta de la Seda es el proyecto insignia de Xi Jinping, que busca unir económicamente tres continentes (Asia, África y Europa) y más de 64 países, a través de obras de infraestructura para la construcción de puertos, carreteras y ferrocarriles, cuyo punto de concentración sería Beijing. Los proyectos multimillonarios patrocinados por el Banco de China ya han llevado a muchos países a una “trampa de la deuda”, como Sri Lanka, que se vio obligada a ceder el puerto de Hambantota a China, al no poder pagar la deuda contraída por su construcción. Estas obras de la Iniciativa de la Franja y la Ruta son también puntos de apoyo para la creciente expansión militar internacional de China, que tiene su primera base naval extranjera en Yibuti, en la costa oriental de África, con el objetivo de vigilar el Océano Índico.

Es fundamental luchar por la emancipación de los trabajadores y pueblos oprimidos de Afganistán y de todo Oriente Medio, atravesado por las intervenciones imperialistas de Estados Unidos y los asesinatos de palestinos por parte del terrorista Estado de Israel. Sin embargo, la lucha contra el imperialismo no pasa por apoyar al fundamentalismo islámico, que en toda la región - y no menos en Afganistán - defiende los intereses de las burguesías árabes y sus acuerdos con las mismas potencias imperialistas (los talibanes buscan agradar a los griegos y troyanos ”, Chinos y norteamericanos).




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