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SEMANARIO

Luchas de mujeres por la vivienda, ayer y hoy

Josefina L. Martínez

Ilustración: Emma Gascó

Luchas de mujeres por la vivienda, ayer y hoy

Josefina L. Martínez

A lo largo de la historia y hasta la actualidad, mujeres de la clase trabajadora han luchado en defensa de la vivienda o por la rebaja de los alquileres. Género, clase y derecho a un techo.

Publicamos a continuación un capítulo del libro No somos esclavas. Huelgas de mujeres trabajadoras ayer y hoy, de Josefina L. Martínez, publicado en España en 2021.

Una fotografía en blanco y negro. Un grupo de mujeres tomadas de los brazos ocupa la acera y parte de la calle. Están montando guardia frente a los portales. Sus miradas, duras; los rostros, curtidos. No están posando como si fueran damas en apuros. Al revés. En el centro, de pie sobre la calle adoquinada, destaca la figura de una de ellas. El vestido blanco contrasta con los objetos que lleva en la mano: una escoba y varios trapos. La puerta de uno de los edificios está apenas entreabierta y si se enfoca la vista se descubre que, desde la penumbra, un rostro de mujer mira toda la escena con la perspectiva opuesta a la que ha elegido el fotógrafo. La imagen cobra sentido por la presencia, en uno de los laterales, de varios hombres de traje y uniforme: pretenden expulsar a una familia por no pagar el alquiler. Pero esas mujeres van a impedirlo, a escobazos si es necesario. Éste es uno de los pocos registros fotográficos de la huelga de las inquilinas en Buenos Aires durante la primavera de 1907, también conocida como la “huelga de las escobas”.

Las mujeres de la clase trabajadora han intervenido de modo activo en protestas y conflictos por la cuestión de la vivienda. Mediante huelgas, piquetes y movilizaciones han tomado en sus manos la lucha contra los alquileres desmedidos, para frenar desahucios y mejorar las condiciones de vida en los barrios.

Juana Rouco Buela –una gallega que emigró con su familia a la Argentina cuando tenía 11– fue una de las tantas militantes que ayudaron a organizar la huelga de inquilinas en 1907. En aquel entonces, la clase obrera en el país era en su mayoría inmigrante: familias españolas, italianas, alemanas, polacas y rusas que habían cruzado el océano buscando una mejor vida. Ciudades puerto como Buenos Aires, Montevideo o Rosario se vieron pronto desbordadas por la llegada de miles de personas buscando un techo. En los conventillos –edificios similares a las corralas españolas con muchas habitaciones y baños comunes– cohabitaban hacinadas decenas de familias, con pésimas condiciones sanitarias.

Con 16, Juana Rouco había participado en el V Congreso de la Federación Obrera Anarquista (FORA) en representación de las trabajadoras de la Refinería Argentina de Rosario. Ya, desde entonces, dedicó esfuerzos a la organización de las mujeres obreras. A mediados de 1906, las trabajadoras de la Compañía General de Fósforos sostuvieron una huelga importante que despertó la solidaridad en los barrios cercanos a la fábrica y, en 1907, se produjeron numerosas huelgas sectoriales y dos huelgas generales en el país.

En los primeros meses del año 1907 ayudada por la compañera María Collazo, organizamos el primer centro femenino anarquista que existió en la República Argentina. Tomaron parte muchas y activas compañeras: Virginia Bolten, que fue una gran escritora y conferencista, Teresa Caporaletti, Elisa Leotar, María Reyes, Violeta García, María Collazo y Marta Newelstein. [1]

La huelga de las inquilinas fue muy importante en la vida de Juana. Junto con otros activistas colaboró con la organización por los barrios de Buenos Aires. Se trató de una lucha muy dura donde se mostró un alto nivel de organización obrera y popular, y las mujeres jugaron un papel protagónico.

Estos hechos son históricos; hubo de todo: prisiones, desalojos, deportaciones, pero se llegó al triunfo, se consiguió la rebaja de los alquileres, que era lo que se pedía. En uno de esos tantos desalojos que intentó realizar la policía, lo hizo en el conventillo llamado de las 14 provincias, que albergaba a más de doscientas familias, situado en Chacabuco y San Juan. Las mujeres se defendieron del ataque policial y desde los corredores tiraban agua hirviendo a la policía y a los bomberos, que con la presencia del propio jefe de la policía Ramón Falcón, querían realizar el desalojo. La policía, por orden de Falcón, hizo fuego contra los moradores, mujeres, hombres y niños, que aterrorizados por el tiroteo que con toda impunidad les hacía la policía en sus propias casas, se defendieron valientemente, obligando a los bomberos y policías a retirarse. [2]

La huelga de las inquilinas comenzó en septiembre, con la protesta de los conventillos de la calle Ituzaingó 279-325 y 255. Exigían una rebaja del 30 por ciento de los alquileres, y decidieron no pagar a los propietarios hasta conseguirlo. Con rapidez, el movimiento se extendió a otros edificios de la ciudad y hacia el interior del país. Aproximadamente 1000 conventillos se organizaron y entraron en huelga en la ciudad de Buenos Aires y otros 300 en Rosario. El gobierno intentó acabar con la protesta mediante desalojos masivos, pero socialistas y anarquistas abrieron sus locales para organizar a los huelguistas. Hubo choques diarios con la policía, con el saldo de decenas de heridos. Lo más destacado fue el papel que jugaron las mujeres junto a sus hijos: las marchas con escobas “para barrer a los caseros” y echar a escobazos a bomberos y policías recorrían las barriadas; por eso se la conoció también como “la huelga de las escobas”. Los patios, que en general funcionaban como espacios de socialización, donde se hacían fiestas y se bailaba tango, se convirtieron en espacios de organización. [3]

El periodista anarquista español Gilimon escribió sobre aquella huelga:

Las grandes casas de inquilinato se convirtieron en clubes. Los oradores populares surgían por todas partes arengando a los inquilinos e incitándoles a no pagar los alquileres y resistirse a los desalojos tenazmente. Se verificaban manifestaciones callejeras en todos los barrios, sin que la policía pudiese impedirlas, y pronto, con un espíritu de organización admirable, se constituyeron comités y subcomités en todas las secciones de la capital.

En medio de esta gran resistencia, un joven cayó bajo las balas de la policía: Miguel Pepe, de 17 años. Esto generó una enorme indignación en la población y miles de personas se movilizaron desde la sede de la FORA hasta el cementerio de la Chacarita. Allí, varios oradores tomaron la palabra, entre ellos, Juana Rouco Buela. A modo de castigo, el Gobierno aplicó la llamada Ley de Residencia a numerosos activistas. Esta ley era utilizada para expulsar del país a los extranjeros acusados de “alterar el orden público”, por lo que fue un mecanismo de represión contra miles de militantes anarquistas que eran inmigrantes. Juana fue deportada a España: “También a mí me tocó y alcanzó la Ley de Residencia; a mis 18 años, me consideró la policía un elemento peligroso para la tranquilidad del capitalismo y el Estado, y me deportaron.”

La huelga de las escobas en Buenos Aires se inscribió en una década de alta conflictividad social. Entre 1901 y 1910 se produjeron 7 huelgas generales y cientos de huelgas parciales. Las mujeres participaron tanto en huelgas laborales como también en estas protestas que tenían como centro la defensa de los hogares. Hicieron de la escoba un arma de inesperada resistencia.

La huelga de alquileres en Glasgow, 1915

Con el comienzo de la guerra, la ciudad escocesa Glasgow se encontraba superpoblada por miles de trabajadores migrantes que llegaban para ocuparse en los astilleros y las fábricas de municiones. Sin embargo, mientras que la industria crecía de forma meteórica, ni los salarios ni la oferta de viviendas habían aumentado lo suficiente. Los propietarios aprovechaban la ocasión para subir el precio de los alquileres, que se hicieron imposibles de pagar para muchos trabajadores. Esto desató el conflicto.

La huelga de inquilinas comenzó en marzo de 1915, cuando una mujer resistió el desalojo de su casa. Su esposo era un soldado, y la deuda con el propietario alcanzaba una libra. El hecho de que sus padres, hermanos y esposos estuvieran en la guerra mientras ellas eran desahuciadas incrementaba la ira popular. Cuando llegaron los agentes policiales, centenares de vecinas indignadas bloquearon su paso. Entre ellas se encontraba la socialista Mary Barbour, quien se había sumado al Independent Labour Party (ILP) en 1896. Su estrategia fue organizar la resistencia de las mujeres, que pasaban gran parte del día en los hogares. Habían acordado que, si alguna veía a uno de los agentes encargados de los desalojos, tocarían una campana. Inmediatamente, decenas o cientos de mujeres dejaban sus labores domésticas y se lanzaban a las calles con “armas caseras”: fruta podrida, trapos mojados o bombas de harina. Mediante estas redes de organización barriales, que se sostenían en la confianza generada entre las vecinas, lograron frenar los desahucios en varias ocasiones.

La huelga fue una enorme demostración de autoorganización obrera y popular, con las mujeres al frente. Y logró un mayor impacto cuando sumó el apoyo de los trabajadores de los astilleros y otras industrias, que hicieron huelga varias veces durante el conflicto. Helen Crawfurd, quien acompañó a Mary Barbour en la campaña, lo relataba así: “La Asociación de Mujeres por la Vivienda de Glasgow se ocupó de este asunto, y en los distritos de la clase obrera se formaron comités para resistir estos aumentos en los alquileres”.

Colgados en las ventadas de las casas, podían verse carteles impresos con la leyenda “Huelga de alquileres. No nos vamos a mudar”. En noviembre, el conflicto alcanzó su mayor dimensión, con 20 mil hogares en huelga. El día 17, varios huelguistas fueron citados en los juzgados, a lo que se respondió con una masiva manifestación. La huelga de las inquilinas culminó con un gran triunfo, ya que todos los cargos judiciales fueron retirados y, poco después, se aprobó una Ley en el Parlamento para restringir el aumento de los alquileres. La movilización de las mujeres había radicalizado a los trabajadores fabriles, que empezaron una serie de huelgas por aumentos salariales. Esa unidad fue explosiva.

Creando puentes

Las huelgas de las inquilinas han sido recurrentes a lo largo de la historia, porque el capitalismo no puede garantizar un derecho tan básico como la vivienda para la mayoría de la población; organiza el espacio urbano en base a brutales desigualdades, en ciudades donde millones de personas viven hacinadas sin servicios básicos, solo para abastecer de mano de obra barata a los centros productivos.

Como señaló Federico Engels en 1873: “La penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer, con sus repercusiones sobre la salud, etc., más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz”. En su texto sobre la cuestión de la vivienda, Engels incluso analizaba el fenómeno de lo que hoy llamamos la “gentrificación” de las ciudades. En el último tercio del siglo XIX, Haussmann delineó un nuevo trazado de grandes avenidas en el centro de París, que respondía al menos a tres objetivos: dificultar la construcción de barricadas por las organizaciones obreras, expulsar a las familias trabajadoras del centro de la ciudad y favorecer la especulación inmobiliaria, mediante la construcción de viviendas de lujo y nuevos centros comerciales. Contra estas tendencias, que obstaculizan el acceso a la vivienda, encarecen los alquileres y privatizan el espacio, las mujeres de la clase trabajadora han opuesto una endiablada resistencia a lo largo de la historia: piquetes de mujeres, coordinadoras barriales, huelgas de inquilinas, ocupaciones de mercados y verdaderas rebeliones.

En el Estado español se vivieron importantes huelgas de inquilinas en Barakaldo (1905), Barcelona (1931-32) y Tenerife (1933). En 1931, cerca de 40 mil familias se organizaron en Barcelona contra el alza de los alquileres: era una respuesta ante la grave crisis social que se vivía en los barrios populares. A comienzos de mayo de ese año, una convocatoria del Sindicato Único de la Construcción de la CNT y el “Comité de defensa económica” culminó en la organización de la “huelga de alquileres”. Exigían una rebaja del 40 por ciento y denunciaban que los propietarios y especuladores se habían enriquecido a costa suya.

Otra fotografía, también en blanco y negro. Las mujeres portan una pancarta, pintada a mano: “Queremos pisos. Nos come la humedad y hasta los bichos”. Es el año 1977, pleno invierno en Madrid y un grupo de mujeres se planta frente al Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Algunas sonríen. Son vecinas del barrio de Villaverde, que han llegado hasta el centro para exigir viviendas dignas, después de que fuertes inundaciones arrasaran el barrio de pequeñas casitas y chabolas. “Tenemos derecho a un piso. O nos lo dan, o lo cogemos. Asamblea por la casa” era el lema de otra manifestación en Pamplona, por la misma época. Las instantáneas delinean los contornos de ese gran movimiento por la vivienda que emergió en los últimos años del franquismo y durante la Transición. Las asambleas vecinales no solo pedían viviendas en condiciones, también exigían centros de salud y hospitales, escuelas, servicios públicos y transporte para los barrios populares de Carabanchel, Vallecas o Nou Barris. Cuarenta años después, asambleas de vecinos y vecinas se convocan en esas mismas esquinas, para demandar más médicos y enfermeras en los centros sanitarios, más profesores en las escuelas y más frecuencias en el transporte público, la única forma de protegerse contra los efectos de una pandemia que sí entiende de clase y destila desigualdad.

En los movimientos por la vivienda siempre están las mujeres al frente. Porque el capitalismo estableció históricamente una separación entre lo público y lo privado, anclando a las mujeres con múltiples cadenas materiales y morales en el espacio de la familia patriarcal. Mediante un conglomerado de discursos filosóficos, educativos, médicos o judiciales se las destinó al restringido espacio doméstico, como “guardianas del hogar”. Sin embargo, desde una perspectiva feminista y anticapitalista se ha apuntado que ese espacio privado era también uno de los ámbitos fundamentales para la reproducción social. Allí se realizan un conjunto de trabajos imprescindibles para la reproducción de la fuerza laboral, y por lo tanto, para la reproducción del capital, pero que no son reconocidos como tales. Se trata de la reproducción generacional de la vida, junto a los cuidados que permiten la reposición de energía diaria para millones de personas, después de una jornada de trabajo. Son las tareas de reproducción que han sostenido desde siempre las mujeres: criar y educar a los niños, cocinar, lavar, limpiar, o atender a los enfermos. Sin embargo, la voracidad de ganancia del capital no se contiene y degrada hasta el límite físico las condiciones de su propia reproducción, incluso a costa de la vida de la clase obrera.

Por otro lado, la separación tajante entre la esfera pública y la privada nunca ha sido del todo cierta para millones de mujeres trabajadoras, que han tenido que combinar su jornada laboral con las tareas de reproducción, en una doble jornada de trabajo. ¿Y qué sucede cuando esos espacios privados son minados por la falta de ingresos, el alza en el precio de los alquileres o el encarecimiento de la vida? Ocurre entonces, en ocasiones, que las mujeres dan un paso adelante, y rompen esas fronteras entre la casa y la calle. A lo largo de la historia, las mujeres de las clases populares han llevado adelante protestas que atraviesan los espacios múltiples del hogar y del trabajo, los barrios, los mercados y las plazas.

En el caso de las huelgas de las inquilinas, en diferentes períodos históricos, sus protagonistas han sido las mujeres de familias trabajadoras, muchas de ellas migrantes. Ya sea provenientes de migraciones transoceánicas (desde Europa hacia América Latina a fines del siglo XIX), migraciones internas o, de nuevo, migraciones internacionales, ahora desde las periferias hacia las ciudades europeas. En este sentido, las mujeres trabajadoras han tenido un papel de “puente” entre los barrios y las fábricas y han buscado soldar la unidad entre diferentes sectores. La cuestión de la vivienda ha estado de forma genealógica atravesada por el género, las migraciones y la clase. De igual modo, las mujeres trabajadoras y migrantes se encuentran hoy al frente de la resistencia contra la usura de los bancos y contra los desahucios.

Este capítulo comienza con la recuperación de las huelgas históricas de las inquilinas, pero la fuerza de la necesidad pide tirar de ese hilo hasta la actualidad. Fotografías que muestran, ahora también, a mujeres tomadas de los brazos, mientras montan guardia frente a los portales. Mujeres que luchan contra los desahucios en Madrid o Barcelona, en plataformas vecinales y en sindicatos de inquilinas. Las mujeres de los barrios pobres de Buenos Aires en la localidad de Guernica, que ocupan tierras porque exigen un espacio para vivir y un techo para cuidar a sus hijos. Las mujeres afroamericanas y latinas que en Estados Unidos se organizan para evitar las expulsiones por impago de hipotecas y denuncian la violencia de la policía racista. No se trata solo de resistir. También es necesario prefigurar una sociedad donde la vivienda no sea un negocio para pocos y una tragedia permanente para todo el resto. Para eso será necesaria una transformación completa de la arquitectura urbana, en el camino por superar las jerarquías de género y clase, para integrar la cultura, los descubrimientos científicos, tecnológicos y la naturaleza, reducir la carga laboral y socializar parte de los trabajos domésticos. Se trata de mirar la vida con los ojos de las mujeres, de las más precarias, porque solo así podremos construir nuevas formas de habitar en el mundo.


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NOTAS AL PIE

[1Buela, Juana Rouco, Historia de un ideal vivido por una mujer, CIUDAD DE EDICIÓN, Editorial La Malatesta, 2012.

[2Ibídem.

[3Ceruti, Leónidas, “La huelga de las escobas”, Izquierda Diario, 2 de octubre, 2014, en http://www.laizquierdadiario.com/La-huelga-de-las-escobas.
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Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
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