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SEMANARIO

Lucha de clases en la era Biden

Jimena Vergara

James Dennis Hoff

EE. UU.

Lucha de clases en la era Biden

Jimena Vergara

James Dennis Hoff

En el presente artículo, Jimena Vergara y James Dennis Hoff, desde Nueva York, analizan las primeras medidas del gobierno de Biden y las perspectivas de la lucha de clases en Estados Unidos. El mismo fue publicado originalmente en el reciente número de Left Voice Mazine aparecido el pasado 7 de febrero, y traducido y actualizado para esta edición del semanario Ideas de Izquierda.

[Desde Nueva York] Han pasado poco más de tres semanas desde la toma de posesión del presidente Joe Biden y el sector liberal del régimen vinculado al Partido Demócrata ya se deshace en elogios. El New York Times, la cadena de televisión MSNBC, el Washington Post y la CNN están haciendo una gran campaña mediática de embellecimiento del nuevo gobierno y las comparaciones, ya casi obligadas, con Franklin Delano Roosevelt (FDR) no dejan de reproducirse. Mientras tanto, los demócratas y los economistas burgueses de todo el espectro se han alineado detrás del proyecto de ley de estímulos del coronavirus propuesto por Biden, que, según algunas encuestas, cuenta con el apoyo del 74 % de los adultos estadounidenses. Todo esto sugiere que el periodo de “luna de miel” de la presidencia de Biden ha tenido un buen comienzo. Esto es en gran parte gracias también al caos de las semanas anteriores a la toma de posesión y al ataque al Capitolio de Estados Unidos. Los disturbios de Trump unieron a un importante sector del establishment en torno a la administración entrante, proporcionando a Biden una legitimidad popular que ha ocultado en gran medida su relativamente estrecha victoria electoral en noviembre.

Como era de esperar, el gobierno de Biden ha utilizado esta nueva legitimidad para revertir rápidamente muchas de las políticas más controvertidas de la era Trump. Desde el 21 de enero, Biden ha firmado decenas de órdenes ejecutivas. El nuevo presidente se ha reincorporado al Acuerdo de París sobre el cambio climático, ha puesto fin a la “prohibición musulmana” y a la construcción del muro fronterizo con México, ha fortificado el programa de acción diferida para inmigrantes infantiles (DACA), ha ampliado el acceso a la Ley de Asistencia Asequible y ha derogado la ley mordaza global que limitaba el uso de fondos federales para medidas de salud reproductiva en el extranjero. Al mismo tiempo, el presidente también ha instituido una serie de nuevas órdenes para hacer frente a la pandemia y a la crisis económica, como la ampliación de la moratoria federal sobre los desahucios, el aumento del acceso a los cupones de alimentos, el avance gradual hacia un salario mínimo de 15 dólares (exclusivamente para los empleados federales), el aplazamiento de los pagos de los préstamos estudiantiles y el aumento de las vacunas y las pruebas Covid. Al mismo tiempo, Biden ha prometido impulsar un segundo proyecto de ley de alivio del coronavirus de 1,9 billones de dólares que podría incluir pagos directos de 1.400 dólares a individuos, un aumento de las prestaciones por desempleo y miles de millones de dólares en fondos para servicios estatales.

Sin embargo, sería un error pensar que Biden dará prioridad a las necesidades de la clase trabajadora más de lo que sea absolutamente necesario o de lo que se vea obligado a hacer. La mayoría de las órdenes ejecutivas que ha firmado hasta ahora son poco más que un intento de retrotraer al régimen estadounidense a donde estaba antes de las elecciones de 2016, y no hacen casi nada para abordar realmente los problemas sistémicos que llevaron al ascenso de Trump en primer lugar. Mientras tanto, el paquete de ayuda propuesto para el coronavirus, aunque es casi dos veces más grande que el proyecto de ley anterior aprobado por el congreso en diciembre, sigue siendo 200 mil millones de dólares menor que la primera Ley CARES firmada por el presidente Trump, que a su vez era solo una fracción de lo que se necesitaba. Aunque a Biden le gusta presentarse como un hijo de la clase trabajadora del Rust Belt, su principal tarea sigue siendo la rápida restauración de una estabilidad capitalista en la que las necesidades de los trabajadores siempre serán secundarias a las del capital.

Aunque es muy posible que las condiciones creadas por la pandemia obliguen a Biden a corto plazo a ejercer más presión de la habitual sobre sectores del capital (en particular Wall Street), es solo cuestión de tiempo para que la administración intente hacer que la clase trabajadora, tanto en casa como en el extranjero, pague los costes de cualquier recuperación económica. El grado en que Biden pueda lograr esto con éxito dependerá de cómo se desarrollen la crisis y la lucha de clases –ya sea a través de las luchas obreras o del resurgimiento del movimiento antirracista o antiimperialista– y de cómo se configure la relación de fuerzas en el futuro, tanto en relación con las divisiones interburguesas como con la continua polarización social. Amparado en esta nueva legitimidad política, Biden está impulsando una agenda reaccionaria que, con el pretexto de luchar contra la extrema derecha, pone en peligro derechos democráticos elementales, como la nueva ley contra el terrorismo doméstico o las nuevas restricciones acordadas con las corporaciones de la comunicación para restringir contenidos en redes sociales y plataformas electrónicas.

En la arena internacional, si bien Biden está intentando restablecer algún tipo de multilateralismo amparado en las instituciones internacionales que fueron clave en la era Obama para atraer a los antiguos aliados de Estados Unidos, su programa no se distingue esencialmente de la agenda tradicional imperialista. Biden ya ha demostrado que está más que dispuesto a continuar la guerra comercial con China y las sangrientas intervenciones imperialistas con el fin de proteger los beneficios e intereses del capital estadounidense en el extranjero. El reconocimiento de Juan Guaido como presidente legítimo de Venezuela y la continuidad de la política anti inmigrante impuesta a México y Centroamérica parecen indicar que Biden, por más gestos diplomáticos que lleve adelante, va a continuar con la orientación general de mantener a América Latina como su patio trasero. Lo mismo en relación al Caribe donde Biden está apoyando políticamente al presidente de Haití, Jovenel Moïse que enfrenta un masivo movimiento de masas en las calles. La ratificación de Jerusalén como capital del estado sionista de Israel plantean que el nuevo gobierno mantendrá a toda costa la alianza estratégica de Estados Unidos e Israel, contra el pueblo palestino y los pueblos oprimidos de la región.

Por eso es imperativo que los trabajadores no caigan en la trampa de apoyar o hacer causa común con el gobierno de Biden. Por el contrario, debemos preparar el terreno para luchar tanto contra el Estado capitalista (incluidos sus dirigentes en el gobierno) como contra la derecha reaccionaria y los grupos supremacistas, con las armas de la clase obrera.

La primera tarea de Biden es restaurar la estabilidad capitalista

En estas primeras semanas, Biden está capitalizando hasta donde sea posible el sentimiento anti trumpista exacerbado por los eventos en el Capitolio. Su estrategia se basa en el contrastarse con las políticas y la desastrosa respuesta a la pandemia de Trump, quién acaba de ser absuelto por el senado en el nuevo impeachment por los hechos del Capitolio. Pero el alcance de las medidas del nuevo gobierno, solo pueden entenderse en el contexto de la crisis económica y política más amplia que sigue asolando a Estados Unidos y al capitalismo global en general.

El año pasado la economía mundial sufrió una de las peores contracciones desde la Gran Depresión. El crecimiento económico mundial cayó un asombroso 4,4 % en 2020, mientras que la tasa de crecimiento de Estados Unidos cayó un 3,5 %, el peor resultado desde 1946. Esta crisis económica se ha combinado con una pandemia que ha matado a más de 2 millones de personas en todo el mundo y al menos 450.000 en Estados Unidos. Sin embargo, por muy grave que sea la situación, estas crisis no han hecho más que agravar las crisis políticas y económicas más amplias, que han afligido a Estados Unidos desde que el proyecto neoliberal se dio de bruces con la realidad, en 2008. La larga recesión económica y la creciente desigualdad que siguieron a la crisis financiera de 2008, la privatización y destrucción de los servicios sociales durante décadas, la movilidad descendente de las clases medias bajas y el continuo sufrimiento de las clases trabajadoras, todo ello ha llevado a una creciente polarización política y a una desconfianza generalizada en las instituciones. El ascenso de Trump y de la extrema derecha, los levantamientos masivos contra la brutalidad policial y el asalto al Capitolio de Estados Unidos el mes pasado, son solo algunos de los muchos síntomas mórbidos de esta crisis orgánica en desarrollo que ha amenazado la propia legitimidad del régimen estadounidense tanto en casa como en todo el mundo.

Consideradas dentro de este contexto más amplio, las acciones de Biden hasta la fecha, e incluso su propuesta de paquete de ayuda de 1,9 billones de dólares –que ya está siendo cuestionada por los republicanos de la Cámara de Representantes– son probablemente inadecuadas para abordar los verdaderos problemas a los que se enfrenta la economía estadounidense y las necesidades de la clase dominante de Estados Unidos, a la que Biden representa. La crisis económica a largo plazo, basada en la caída de las tasas de ganancia y en los enormes niveles de deuda de las empresas respecto a los indicadores previos al 2008, no se resolverá con una inyección a corto plazo del gasto de los consumidores. Como FDR antes que él, Biden se enfrenta a la tarea de salvar al capitalismo de su crisis, pero Biden no es FDR. Y aunque lo fuera, la situación política en 2021 es muy diferente a la de 1933.

Por una parte, la crisis económica aún no ha alcanzado el nivel de los dos primeros años de la Gran Depresión, cuando las masas se vieron sometidas a dificultades extremas y a una hambruna generalizada. Además, mientras que FDR se enfrentó a un fuerte movimiento sindical, a luchas obreras masivas y a una izquierda mejor organizada, la balanza de fuerzas que ejercen presión sobre la administración Biden en la coyuntura está mucho más equilibrada a favor de las necesidades del capital. Por un lado están los banqueros de Wall Street y los burócratas sindicales que apoyaron su campaña, todos los cuales comparten el objetivo de restaurar la productividad capitalista lo antes posible. Por otra parte, el New Deal impulsado por FDR que tenía el objetivo estratégico de salir de la crisis y pasivizar la lucha de clases obrera, creó las condiciones materiales para una tarea estratégica de mayor alcance: preparar la intervención de Estados Unidos en la segunda guerra mundial donde por la vía de la fuerza, se definió el nuevo orden mundial bajo la hegemonía estadounidense.

En el mediano plazo, la administración Biden se enfrenta a un dilema fundamental. A diferencia del período posterior a la crisis financiera de 2008, cuando los rescates corporativos y la flexibilización cuantitativa fueron suficientes para estabilizar la economía (aunque todavía insuficientes para restaurar los niveles de productividad anteriores a 2008), la crisis económica que se ha acelerado con la pandemia requiere un nivel de inversión y estímulo mucho mayor y más amplio. Por eso, tras las elecciones, la administración Biden propuso inmediatamente otro paquete de estímulo centrado en pagos directos a individuos y familias.

El propósito del plan de estímulo es proporcionar la ayuda suficiente para evitar más disturbios civiles, como los que vimos este verano, al tiempo que se estimula el gasto de los consumidores para mantener la economía con respiración asistida hasta que se reabra por completo, sin tocar las millonarias ganancias hechas por los llamados “super ricos” durante la pandemia.

Sin embargo, Estados Unidos ya se enfrenta a un déficit de casi 4 billones de dólares. Añadir 1,9 billones de dólares más de gasto público no hará más que elevarlo. Aunque actualmente hay un consenso general entre los economistas burgueses de que tales déficits son aceptables en una emergencia, tan pronto como la economía se recupere temporalmente, tanto los republicanos como los demócratas comenzarán a quejarse de nuevo de “reducir la deuda”, lo que significa atacar a la clase trabajadora. Y no es descartable que la seguridad social y otros servicios esenciales puedan ser recortados después de las elecciones de mitad de período de 2022.

Ningún apoyo a los políticos capitalistas

A pesar del historial de Biden como demócrata conservador y halcón neoliberal del déficit, su administración cuenta con el apoyo abrumador de los sindicatos y los movimientos sociales. Esto incluye a la AFL-CIO y a gran parte de la dirección del movimiento Black Lives Matter. Muchos de estos líderes y organizaciones –junto con algunos autodenominados socialistas y miembros destacados de la DSA– pusieron toda su energía en la campaña electoral de Biden contra Trump. Aunque los sindicatos y los movimientos sociales no hablan, ni mucho menos, en nombre de todos los trabajadores, representan, sin embargo, una gran parte de los trabajadores, movimientos y la izquierda organizada en Estados Unidos. Estas organizaciones comparten la idea de que es su obligación apoyar críticamente al gobierno de Biden y al Partido Demócrata para impulsar reformas más sólidas.

Desgraciadamente, esta tendencia a aliarse con el Partido Demócrata no hizo más que reforzarse con los acontecimientos del 6 de enero. Tras el asalto al Capitolio, gran parte de la izquierda adoptó una posición campista o semicampista, siguiendo incorrectamente la línea del régimen de que la situación después del 6 de enero constituye una lucha entre el “fascismo” y la “democracia”. Esto llevó a grandes sectores de la izquierda y a los líderes de los movimientos sociales a identificar al nuevo gobierno como propio, aunque en la superficie mantuvieran una apariencia de independencia del Partido Demócrata. En otras palabras, la izquierda (en su sentido más amplio) quedó cegada por los incidentes del 6 de enero. Y hasta ahora han sido estratégicamente incapaces de comprender las implicaciones de estos acontecimientos en términos de clase. Esto solo ha ayudado al régimen a generar un consenso de masas contra el "intento de golpe" para legitimar (1) las propias elecciones; (2) el régimen bipartidista, que supuestamente está “defendiendo la democracia y la Constitución”; y (3) las instituciones del Estado, incluida la policía (como demuestra el gesto de hacer que un policía negro del Capitolio escolte a Kamala Harris el día de la investidura).

Si bien es fundamental denunciar a la extrema derecha y a la policía que la apoya, no es menos vital denunciar la operación política en marcha para legitimar al gobierno entrante. Esta operación dio al régimen y al nuevo gobierno espacio para anunciar una serie de medidas bonapartistas como el proyecto de ley antiterrorista que mencionamos antes, que se volverá contra la clase obrera, la lucha negra y la izquierda. Casi un mes después del asalto al Capitolio, el régimen ha conseguido dar nueva vida a un gobierno neoliberal con un programa y un presidente que, en el momento de las elecciones, todavía eran profundamente impopulares. En otras palabras, el discurso liberal sobre la “amenaza fascista” ha sido suficiente para impulsar el apoyo al Estado capitalista y a su nuevo gobierno.

Es previsible que el ala izquierda del Partido Demócrata, así como las burocracias sindicales y del movimiento negro, tratarán de utilizar las luchas de los explotados y los oprimidos para negociar sus demandas en el Congreso, con el establishment, Wall Street y sus amigos para diluirlas. Tenemos que tener claro que el gobierno de Biden no va a otorgar ninguna concesión que no sea ganada por la lucha. No conseguiremos nada en los próximos meses sin la movilización en las calles y la lucha de clases. Muchos activistas, incluidas las bases del DSA, apoyan con entusiasmo a la clase obrera, como se vio en los piquetes de la huelga de Hunts Point en Nueva York. La tarea de la izquierda es apoyar estas luchas incondicionalmente, llevar la perspectiva del frente único para unificar las filas obreras y la lucha antirracista, y profundizar cada lucha progresista para ganar todas nuestras demandas y elevar la conciencia de la clase obrera y los oprimidos.

Algunos dirigentes piensan que podemos ganar nuestras demandas formando un “frente popular” con el ala progresista de la clase dominante, en este caso, el Partido Demócrata. Esta estrategia, sin embargo, solo debilita las demandas de la clase obrera y le impide convertirse en una fuerza política independiente. El asalto de la extrema derecha al Capitolio demostró que todavía hay un fuerte apoyo a la política antiobrera, antiinmigrante y antisocialista de Donald Trump, y la izquierda tiene que permanecer vigilante ante la amenaza que suponen los grupos neofascistas. Pero para derrotar a la ultra derecha, tenemos que construir la unidad de los oprimidos y explotados, no la unidad con nuestros verdugos.

El camino hacia el Frente Único

Para luchar tanto contra el gobierno de Biden como contra la extrema derecha, tendremos que reorganizar las fuerzas de la clase obrera y unificarlas con el movimiento antirracista de la juventud y la vanguardia. Por eso la lucha de clases es tan importante en este momento, y hay indicios de que esa lucha está de nuevo en alza. La huelga de Hunts Point en Nueva York, la inminente huelga docente de la CTU, la campaña de sindicalización en Google y los esfuerzos por organizar a Amazon: todas estas luchas señalan el camino hacia una mayor lucha de clases en el lugar de trabajo. En muchas ciudades, el movimiento contra la brutalidad policial sigue vivo, y la llama de BLM no se ha desvanecido de la conciencia de millones de personas que salieron a las calles este verano. De hecho, decenas de organizaciones antirracistas en todo el país están denunciando a la dirección nacional del BLM por su colaboración con los demócratas, creando nuevas.

Tenemos que unir esas luchas en torno a cuestiones que unifican a la clase trabajadora. Los sindicatos deben unirse para luchar por demandas inmediatas: un salario mínimo de 15 dólares la hora, un sistema nacional de salud con cobertura universal y educación para todos. Tenemos que echar a los policías de nuestros sindicatos y exigir juicio y castigo a los policías responsables de asesinatos racistas. Hay que echar abajo todas las leyes anti sindicales que impiden el derecho a la sindicalización y la huelga. Tenemos que exigir aumento a los presupuestos estatales y Federal ya para educación, salud, vivienda asequible y el transporte público. La pandemia dejó a millones de personas sin empleo; es esencial luchar por un seguro de desempleo universal que beneficie a todos los trabajadores (ciudadanos, inmigrantes e indocumentados) y luchar por la distribución de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles con salarios dignos garantizados para todos. Para detener la pandemia, necesitamos abolir las patentes de las vacunas y nacionalizar la producción. Los trabajadores esenciales necesitan una paga por riesgo y un horario más corto sin pérdida de salario; todos los demás necesitan una paga por pandemia para poder quedarse en casa.

El camino hacia el Frente Único, también pasa por desarrollar la autoorganización de la clase trabajadora y las comunidades. Esto significa asambleas en los lugares de trabajo, los barrios y las ciudades, para decidir qué necesitamos y cómo conseguirlo. En la historia de nuestra clase hay miles de ejemplos del poder que adquieren los explotados y oprimidos cuando consiguen dotarse de sus propias formas de autoorganización. En muchos casos, es en estos procesos donde la clase obrera y los oprimidos pueden dar saltos en su conciencia y organización: en las formas más desarrolladas, tales avances implican que la clase obrera se identifique como clase nacional (y en el mejor de los casos, como clase internacional), unida por intereses comunes desafiando todas las barreras que los capitalistas y sus representantes nos imponen: divisiones entre raza y género, entre desempleados y empleados, etc. Más aún, la clase obrera estadounidense puede desarrollar la lucha anti imperialista en el corazón de la bestia, solidarizándose con los pueblos oprimidos del mundo. Es en estos procesos donde la clase obrera descubre que puede ser la clase dirigente en lugar de la burguesía y aprende a organizarse para defenderse de los ataques del Estado y sus aliados. La izquierda tiene que jugar un rol en profundizar esta experiencia aprovechando toda oportunidad para intervenir en las luchas en curso con el objetivo de que la vanguardia y las masas hagan una experiencia con el gobierno Biden y ejerciten sus músculos para los combates que vengan, en la perspectiva de luchar no solo por reformas sino por echar abajo las condiciones de explotación y opresión a las que están sometidas las masas bajo el dominio del régimen bipartidista.

Los dirigentes de los sindicatos y de las ONGs creen que una alianza con Biden es la mejor manera de implementar partes de su programa. Pero ocurre lo contrario: el Partido Demócrata está tomando nota de que puede contar con el apoyo incondicional de estos sectores, sin otorgarles ninguna concesión profunda para mantenerlos domesticados. La forma de ganar nuestras demandas más urgentes es a través de un movimiento nacional en torno a una plataforma común y un plan de lucha que incluye movilizaciones, piquetes y huelgas, y manifestaciones masivas. Esta lucha, organizada en torno a un frente único de la clase obrera, dará muchos más resultados que las negociaciones de trastienda con el nuevo inquilino de la Casa Blanca.


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Jimena Vergara

@JimenaVeO
Escribe en Left Voice, vive y trabaja en New York. Es una de las compiladoras del libro México en llamas.

James Dennis Hoff

Escritor, educador y activista, Universidad de Nueva York.
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