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Liberales eran los de antes

Pablo Anino

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Ilustración: Juan Atacho

Liberales eran los de antes

Pablo Anino

En estas pampas se experimenta una situación de estancamiento económico que alcanza una década con crecientes niveles de pobreza y la imposibilidad de imaginar un futuro mejor, si es que tal cosa fuera posible en el capitalismo. Muchos de los desencantados con esta oscura realidad, con el Frente de Todos y con Juntos por el Cambio, son interpelados por una derecha radicalizada, que en estos tiempos tiene como vocero principal a Javier Milei.

Su llegada a públicos masivos parece, a priori, más vinculada con su cuestionamiento a la “casta política” (a pesar que reivindica a Carlos Menem y a Domingo Cavallo, dos de los máximos exponentes de esa casta), que a sus ideas radicalizadas. No obstante, muchas de las ideas que el economista despeinado vocifera a cielo abierto contribuyen a sentar sentidos comunes sobre una supuesta “estruendosa superioridad del capitalismo”, tal como afirmó, hace unos años, en un evento TED.

Mediante metáforas que confunden al interlocutor, datos difíciles de comprobar y estudios pretendidamente científicos que dieron la sentencia final sobre todos los temas habidos y por haber, Javier Milei construye su show instalando ideas (como la de la dolarización con la que polemicé acá) que, de aplicarse, implicarían un infierno para la clase trabajadora y un paraíso para el enriquecimiento de unos pocos.

Sus ideas apologéticas del capitalismo lejos están de constituir ciencia, en el sentido de contribuir a conocer la realidad. Por el contrario, entran en el terreno de lo que Karl Marx llamó economía vulgar: justifica la riqueza desmedida en manos de unos pocos en simultáneo que existe un mar de pobres. Incluso Milei se atreve a decir que el capitalismo es superior moralmente a cualquier sistema.

En su cruzada, demuestra la “estruendosa superioridad de capitalismo” en una serie estadística sobre el PIB que comienzan en el año cero y llega hasta la actualidad. Nadie sabe a ciencia cierta cómo contabilizó el INDEC de la antigua Jerusalén los servicios de prédicas y curas de Jesús, ni a qué precios valoró el milagro de multiplicar los panes y los peces, ni los niveles de oferta y demanda de cruces para condenar a los desviados.

El de Milei es un método ahistórico: aplica a formas de la organización de la producción y de la vida social que nada tienen que ver con el capitalismo las categorías económicas de la actualidad. Es un método que desconoce los profundos procesos históricos, de la lucha de clases, que operan en el cambio social.

Más allá de estos desatinos, me quiero detener en tres preguntas claves que permiten entender el antagonismo entre el pensamiento libertariano y el marxismo: la primera es quién crea el valor; la segunda es quién “inventó” la propiedad privada; y la tercera indaga sobre si el empresario es un benefactor de la sociedad.

¿Quién crea valor?

Entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, los economistas liberales clásicos, fundamentalmente Adam Smith y David Ricardo, sentaron las bases sobre las cuales se intentó conocer el funcionamiento del sistema capitalista. En la economía clásica se reconocía la existencia de clases sociales.

En Smith la existencia de clases sociales no suponía un antagonismo importante, pues pensaba que el propio desarrollo del mercado llevaba al bienestar general. No es el caso de Ricardo, que sí observaba la relación inversa entre las ganancias de los industriales y los salarios de los obreros. A su vez, afirmaba que esas dos clases sociales tenían intereses antagónicos con los terratenientes.

Smith en su principal obra, Investigación de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (1776), transitó por distintas teorías del valor: en su concepción primaria refería al valor trabajo como explicación del excedente y la ganancia. Luego, en la misma obra, abandona esa idea (que dice que en realidad corresponde a sociedades precapitalistas). Es entonces que su teoría del valor se torna ambigua y confusa. Ricardo va a volver sobre el valor trabajo o el trabajo incorporado para explicar el valor.

Karl Marx escribe El Capital (1867) como una herramienta crítica de la economía clásica de Smith y Ricardo. Los clásicos consideraban al capitalismo como el sistema de organización social más perfecto que había encontrado la humanidad. En su monumental obra, Marx expone las leyes que rigen el funcionamiento del capitalismo, sus tendencias a la crisis y devela el secreto empresario mejor guardado: que el trabajo no pago al obrero es el fundamento de la ganancia. En su teoría del valor trabajo explica que el valor de las mercancías tiene fundamento en el tiempo de trabajo socialmente necesario que lleva producirlas. Esa teoría había encontrado su desarrollo embrionario en los clásicos.

Marx reconoce a Smith y Ricardo el intento de realizar ciencia: es decir, el intento de buscar una explicación del funcionamiento del sistema económico. No obstante, señala que encontraron un límite en tanto representantes de la clase capitalista: no pudieron llevar hasta el final sus investigaciones para explicar la ganancia, lo cual suponía dejar expuesta la explotación capitalista. Nótese que los clásicos y Marx hablaban de economía política, algo que la “ciencia” actual disolvió.

A la economía posterior a los clásicos, Marx la denomina vulgar: pierde cualquier intención de ciencia y se transforma en directamente apologética del sistema capitalista. En el “Epílogo” a la segunda edición de El Capital, señala el año 1830 como el de la crisis de la teoría económica. Este hecho lo vincula a la conquista del poder político por parte de la burguesía en Francia e Inglaterra: “Ya no se trataba de si este o aquel teorema era verdadero, sino de si al capital le resultaba útil o perjudicial, cómodo o incómodo, de si contravenía o no las ordenanzas policiales”.

Ese mismo carácter vulgar tendrá el desarrollo de la economía posterior a la muerte de Marx: después de los clásicos existe una larga transición hasta que, hacia la década de 1870, la teoría económica que defiende el sistema capitalista experimenta un cambio radical de la mano del inglés William Jevons, el austríaco Carl Menger y el francés León Walras, entre otros personajes reivindicados por los liberales o libertarianos actuales. Ellos fundan la escuela de la utilidad marginal que establece los pilares de la teoría económica neoclásica. La economía se va a despojar de su carácter político y social. Por el contrario, busca emular los métodos de la física y la matemática. La teoría neoclásica (que pretende superar a los clásicos) abandonó la teoría objetiva del valor que explica cuánto valen las mercancías por el tiempo de trabajo que lleva producirlas, para deslizarse hacia una teoría subjetiva, que parte del individuo atomizado, se concentra en el análisis de la oferta y la demanda, y deja de lado cualquier consideración a un sistema económico específico.

En ese traspaso se borra la existencia de clases sociales: todos los individuos, sean estos obreros o capitalistas, se disuelven en un genérico “agente económico”. En este esquema de pensamiento, que retoma parte de la elaboración de Smith, se atribuye al comportamiento de los individuos una naturaleza egoísta: es decir, que esa motivación que emerge del sistema capitalista competitivo es transformada en un pase de magia en una característica natural del hombre en toda época y lugar.

En ese camino, la teoría económica pierde cualquier referencia a una determinación histórica concreta. Y lleva al extremo la existencia teórica del equilibrio entre la oferta y la demanda, aunque en la realidad tales construcciones ideales no se verifiquen: para los neoclásicos, la sobreproducción, el subconsumo o el desempleo, son fricciones anecdóticas a causa de la intervención estatal que no deja que el mercado autorregulado resuelva todos los problemas. Esta “modernización” teórica es la base de las ideas de Javier Milei.

Eric Roll fue uno de los mayores historiadores del pensamiento económico. Nacido en el Imperio Austro Húngaro, además de académico, fue funcionario y banquero. Estas credenciales dan cuenta que su distancia con las ideas del marxismo y la clase obrera no era corta. No obstante, en su Historia de las doctrinas económicas (FCE, tercera edición, México), al explicar el origen de la economía moderna (neoclásica), no deja de notar un hecho destacable:

pretenden validez universal […] porque sostienen que formulan una teoría del valor independiente de todo orden social específico. Sin embargo, no puede dudarse que en sus orígenes la escuela de la utilidad también fue influida muchas veces por el deseo de reforzar los aspectos potencialmente apologéticos de la teoría económica. La teoría clásica [se refiere principalmente a la de Adam Smith y David Ricardo, N. del R.] no era bastante fuerte para resistir los ataques del creciente movimiento obrero.

Es decir, Roll identifica en la economía neoclásica un contenido apologético, de naturalización de la explotación, frente al crecimiento del peso social de la clase obrera. El carácter reaccionario de las ideas de Milei contra la clase trabajadora, obviamente, no es novedoso: tiene una larga historia.

¿Quién “inventó” la propiedad privada?

La sociedad capitalista está constituida por dos clases fundamentales: la clase trabajadora, que solo tiene su fuerza de trabajo para vender, y la clase capitalista, que explota esa fuerza de trabajo gracias a la propiedad privada de los medios de producción: las tierras, las fábricas, las máquinas, la tecnología, etc.

Esa propiedad privada no es la única forma de propiedad que reconoce la historia, ni es producto de un esfuerzo particular de los capitalistas. La acumulación originaria constituyó un largo y violento proceso de expropiación de los campesinos y trabajadores de sus medios de producción para que no tengan nada más que vender que su fuerza de trabajo.

Karl Marx, al tiempo que reconocía que el capitalismo implicó, en sus orígenes, un avance para la humanidad, explicaba que “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies”. La constitución de la propiedad privada de los medios de producción comprende un proceso histórico violento. En simultáneo, la mano de hierro del Estado fue el arma central para constituir un mercado de trabajo: para transformar al campesino sumido al señor feudal en la Edad Media en el asalariado moderno sometido al capitalista.

En nuestro país, aunque la conformación del Estado nacional y el desarrollo de las modernas relaciones capitalistas reconoce particularidades específicas, distintas a las prevalecientes en el centro europeo que observaba Marx, la propiedad privada de la tierra no se constituyó con el “esfuerzo” empresarial, tal el mito de los libertarianos que defienden la propiedad privada como valor supremo, sino con la masacre y el robo a los pueblos originarios.

La historia posterior está plagada de ejemplos sobre cómo se “crea” la propiedad privada: en la dictadura Clarín y La Nación se apropiaron ilegalmente de Papel Prensa; el Grupo Macri pasó de tener 7 empresas en 1973 a poseer 47 cuando terminó el gobierno dictatorial; Domingo Cavallo, al frente del Banco Central en los últimos años del gobierno de facto, nacionalizó deudas privadas de los grandes grupos económicos –entre ellos Techint, Renault, Pérez Companc, Bridas de la familia Bulgheroni, Industrias Metalúrgicas Pescarmona (Impsa), Ford y la familia Macri–. Según Milei, Cavallo “fue el mejor ministro de Economía de toda la historia”.

Son solo algunos ejemplos de cómo se constituyó y se amplió la propiedad privada en nuestro país. Otro tanto ocurre con la ampliación orgánica de esa propiedad por la explotación cotidiana, por el trabajo no pago al obrero que se apropia el capitalista. Todos los casos están en flagrante contradicción con el principio de “no agresión” de Murray Rothbard, quien fuera uno de los padres del libertarismo actual. Aunque Milei se dice anarcocapitalista y está un paso a la derecha de Rothbard, es tributario de este principio.

En Hacia una nueva libertad: El manifiesto libertario (1973), escrito por Rothbard, se presenta la propiedad privada como producto del trabajo, del esfuerzo individual. Cita Rothbard una definición de Leon Wolowski y Émile Levasseur: “La propiedad, que se pone de manifiesto mediante el trabajo, participa de los derechos de la persona de quien emana”.

De este modo, se presentan las cosas al revés. En verdad, la gran propiedad privada capitalista, la que poseen los empresarios que concentran lo central del aparato productivo (fábricas, máquinas, cuentas bancarias, en fin, todas las riquezas), se constituye como la negación de la propiedad privada individual de las mayorías fundada en el trabajo propio: cotidianamente son las trabajadoras y trabajadores los que con su esfuerzo laboral producen todos los bienes y servicios que se ofrecen en el “mercado”, pero el beneficio de lo producido queda en manos del empresario, que se apropia del esfuerzo ajeno.

No obstante, coherente con esta concepción, Rothbard llegó a preguntarse si no correspondía a los afrodescendientes de los antiguos esclavos reclamar la propiedad de las tierras que trabajaron en el sur de los Estados Unidos. ¿Pensará lo mismo Milei sobre los pueblos originarios de nuestro país? No creo que la duda tenga lugar en su pensamiento.

La realidad es que la tendencia en el capitalismo es a la concentración de riquezas. En El Manifiesto Comunista, Marx y Engels, expresaban con ironía que la sagrada propiedad privada en la sociedad capitalista está abolida para las nueve décimas partes de sus integrantes.

Pero, incluso Adam Smith reconocía que “El gobierno civil, en la medida en que está instituido para defender la propiedad, en realidad está instituido para defender al rico contra el pobre, o a los que tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna”. Es cierto que para Smith esta situación no generaba opresión ni explotación, no obstante, tenía el mérito de no esconder la realidad.

¿Quién hace el esfuerzo?

Milei afirma que es justo que los empresarios se enriquezcan “porque sirven al prójimo con bienes de mayor calidad a un mejor precio”. Asegura que el enriquecimiento es producto del esfuerzo del trabajo. ¿Alguien puede creer, por ejemplo, que la fortuna de Mauricio Macri, el domador de reposeras, el que se “desconectaba” a la tarde para ver Netflix, se corresponde con su esfuerzo en el trabajo en el Grupo Macri?

¿Los 219.000 millones de dólares que constituyen la riqueza de Elon Musk se corresponden con su esfuerzo personal? Un estadounidense promedio, que según el PIB per cápita tiene un ingreso de unos U$S 65.000 anuales, tendría que trabajar 3,4 millones de años para ahorrar (por lo cual, no tendría que consumir nada) con su trabajo el equivalente a la riqueza del dueño de Tesla, Space X, etc., etc., etc., y ahora de Twitter. Aunque Musk hubiera trabajado todos los días de su vida las veinticuatro horas, las cuentas no cierran.

La idea de que el empresario innova, es creativo, genera nuevas tecnologías en función de cualidades individuales y ese esfuerzo redunda en riqueza, es una idea que no se corresponde con la realidad. Confunde, adrede, a quien se apropia de los efectos útiles de la innovación tecnológica con las condiciones sociales que permiten producir esa innovación. En tiempos de mundialización capitalista (o, globalización, si se prefiere), con la extensión de la división social del trabajo y de la cooperación a escala internacional, es cada vez más evidente que las nuevas tecnologías son un producto colectivo.

David Harvey en su Guía de El Capital de Marx (Libro primero), afirma que las “tecnologías y las formas organizativas no caen del cielo”. Por el contrario, siguiendo el pensamiento del revolucionario alemán, afirma que tienen lugar gracias a una relación dialéctica entre diversos factores: relación del hombre con la naturaleza, tecnología prexistente, formas de producción vigentes, relaciones sociales imperantes, necesidades que surgen en la reproducción de la vida cotidiana y concepciones mentales del mundo de cada momento histórico.

Aunque no se puede negar la capacidad creativa de ciertas personalidades, Marx señalaba que, incluso, los inventos fundamentales para la historia del capitalismo, como los de Vaucanson (telar automático), Arkwright (bastidor de hilado) y Watt (máquina a vapor) pudieron llevarse adelante gracias a que encontraron una cantidad enorme de obreros mecánicos diestros, que solo la época de la manufactura logro suministrar en forma adecuada. Es por estos motivos que Marx atribuye a la acción humana cooperativa, a la industria humana, los avances en las fuerzas productivas, en las nuevas tecnologías, en las nuevas maquinarias.

Pero, en el capitalismo los avances tecnológicos son apropiados de manera particular por los capitalistas. Ese es el fundamento de por qué no redundan en mejores condiciones de vida para el colectivo humano. Y es el fundamento para poner en cuestión la propiedad privada de los medios de producción: para liberar las fuerzas creativas de la humanidad que los libertarianos quieren contenidas bajo el látigo del trabajo asalariado forzado.

El presente artículo es una versión de un texto del autor publicado originalmente en el newsletter “El juguete rabioso”.


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Pablo Anino

@PabloAnino
Nació en la provincia de Buenos Aires en 1974. Es Licenciado en Economía con Maestría en Historia Económica. Es docente en la UBA. Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Es columnista de economía en el programa de radio El Círculo Rojo y en La Izquierda Diario.
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