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Estados Unidos: una elección que define más que un nuevo presidente

El martes que viene comienza a definirse una de las elecciones más importantes en Estados Unidos.

Diego Sacchi

@sac_diego

Lunes 2 de noviembre de 2020 | 09:18

Foto: diario La Vanguardia

La crisis sanitaria, la recesión, la polarización y el clima antitrumpista se combinaron para despertar un interés mayor en el decisivo primer martes de noviembre, pero antes de meternos en qué puede pasar, algunas claves para seguir la definición electoral.

¿Quienes votan?

Unas 230 millones de personas están inscriptas para votar. En Estados Unidos hay que inscribirse para poder participar de la elección, esto implica requisitos.

Por ejemplo, en muchos Estados no pueden votar los presos o personas en libertad condicional. Este dato no es menor y afecta a los afroamericanos que son sólo el 13 % de la población del país, pero casi la mitad de la población carcelaria.

¿Cómo se define el nuevo presidente?

El sistema electoral de Estados Unidos es indirecto. Al Presidente no lo define el voto popular, lo hace un colegio electoral.

El colegio electoral lo componen 538 miembros, para ganar se necesitan 270 votos, la mitad más uno.

Los electores de eso colegio se eligen por estado, salvo dos estados en la mayoría quien gana se lleva la totalidad de los electores en juego.

Es decir, sí en Florida Biden gana por tres votos, se lleva los 29 votos electorales que le corresponden a ese estado.

Este aspecto antidemocratico explica que se pueda ganar la presidencia sin ganar el voto popular.

Ahí está una de las claves que vamos a ver el martes. Hay seis Estados en disputa: Florida, Carolina del Norte, Arizona, Michigan, Wisconsin y Pensilvania. A esos podemos sumarles otros que no son tan trascendentales pero que pueden jugar un rol: Iowa, Nevada y Ohio.

¿Cómo se vota?

Este martes se dará una jornada de votación de forma presencial, algo que también se puede hacer previamente en varios Estados, como se vió hace unos días al Presidente Donald Trump emitiendo su voto.

El país también tiene la opción de la votación en ausencia, conocida como votación por correo.

Unos 90 millones ya emitieron su voto anticipado. Ese número equivalente al 65,1% de todos los votos emitidos en el 2016.

El voto por correo es una cuestión en disputa ya que Trump aseguró que mediante esa forma de votación se prepara un fraude para robarle la elección. De hecho los Republicanos vienen interponiendo medidas judiciales en varios Estados que buscan desconocer parte de los votos emitidos por esta vía, lo que llevaría a desconocer el sufragio de miles de personas.

El contexto político de la elección

La perspectiva de reelección de Trump a principio de este año era muy probable.

El Covid cambió todo el escenario. El (des)manejo de la crisis sanitaria a lo que se suma a un sistema de salud que excluye a decenas de millones de personas, llevó a EE. UU. a tener 200.000 muertes por coronavirus.

El otro efecto fue, la debacle económica, que mostró durante la primera mitad de este año números escalofriantes no vistos desde la Gran Depresión que siguió al crack de 1929.

Esto va a jugar tanto en la elección como la violencia policial y la represión estatal. El gatillo fácil continua, incluso después de las movilizaciones masivas en repudio por el asesinato de George Floyd. Las protestas contra el racismo institucional son otro factor que irrumpió.

Con ese contexto la elección parece definida a favor del candidato Demócrata, Joe Biden, que según un promedio de encuestas, tiene una ventaja de 8 puntos sobre Trump.

Pero como explicaba antes, la elección indirecta y en el clima de polarización que vive el país, todo puede pasar.

Sumemos que, si no se da alguna sorpresa que no registran las encuestas, no está descartado que Donald Trump desconozca el resultado si pierde y la definición se traslade de las urnas a la justicia, lo que abriría otra situación con final incierto.

Que la corte termine definiendo la elección como en 2002 no está descartado, pero en este contexto no solo sería una muestra más de lo antidemocrático que puede ser el sistema electoral, también sería una crisis de desenlace incierto.

Por algo la “comunidad de negocios” publicó una declaración con la firma de más de 50 prominentes burgueses, rechazando cualquier alteración de los procedimientos electorales.

Por este motivo nadie puede asegurar que el 4 de noviembre, el día después de la elección, Estados Unidos y el mundo sabrán si ganó Biden o Trump.

Lo que deja claro la campaña electoral es que una victoria de Trump fortalece las tendencias conservadoras que ya conocemos, pero también profundiza una grieta explosiva en la principal potencia mundial.

Joe Biden aparece como la opción de recambio electoral para canalizar hacia la vía institucional la rebelión popular que estalló tras el asesinato de George Floyd. A esta esperanza contribuye el “progresismo” y la izquierda demócrata, que presenta el voto a Biden como la solución “malmenorista” para sacarse de encima a Trump.

Biden es también la esperanza de los grandes capitales de una vuelta a la “normalidad”. Una muestra es que Biden se ha beneficiado de las grandes contribuciones de los líderes de Blackstone, JPMorgan, The Carlyle Group y Kohlberg Kravis Roberts, entre otras firmas.

Pero el trasfondo que llevó a Trump a la Casa Blanca no van a desaparecer si gana Biden, porque son efectos de una crisis más profunda.

La polarización sigue su curso y por izquierda, se expresa en que crece la popularidad del “socialismo” entre los jóvenes de 16 a 24 años, pasó de 40 a 49% de aprobación en el último año según una encuesta desarrollada por YouGov.

Por derecha, en la existencia de grupos ultraderechistas armados, aunque hoy son elementos marginales.

Más allá de la foto de la elección, estos fenómenos anticipan escenarios de mayor radicalización política y de la lucha de clases.






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